Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

 

marzo 3, 2018

Carta abierta a Carlos Alvarado

Charlie, Titi: don’t push it.

Te hablo así, con confianza, como si te conociera porque en cierta forma te conozco. Estuvimos en el mismo colegio o como decimos los ex alumnos cuando hablamos de otro de nosotros “Es del cole”. Y eso, así cortito, lo dice todo.

Yo no sé si los comunistas de verdad lavan cerebros, pero sí sé y me consta, que los capitalistas lo hacen muy bien. Ese cole, Charlie, nos marca. Ese cole nos hace sentir en confianza, con gente como uno, cuando se topa con un ex alumno. Yo tengo claro y creo que vos también, que no existe la ideología de género. Pero ese cole funciona con una ideología de clase que se mantiene aunque hayan pasado 20 años, como en tu caso. O 30, como en el mío.  Todos lo tenemos claro. Seguís leyendo?

Google+TwitterPinterestFacebook

febrero 6, 2018

Elecciones 2018

Esta es la primera vez que me siento tan mal después de las elecciones. No es la primera vez que pierdo, pero sí la primera vez que me siento tan desmoralizada. Ayer no era un día para pensar o racionalizar, al menos para mí. Antes de las 10 de la mañana ya había llorado tres veces. Mi oficina parecía un cementerio. Los teléfonos en silencio y los pocos que habíamos llegado, muy concentrados trabajando tratando de no pensar.

Lloré cuando mi hermana me escribe para decirme que por favor le diga que no voy a votar por Fabricio. Estaba ofuscada, aunque ella está segura en Michigan. Ella no tiene que escuchar a gente decirle en la calle que ojalá gane Fabricio para que empiece a matar gays.

Lloré cuando me llamó un amigo y le conté que mi preocupación principal, es, desde hace casi un año, Pato. Que me angustia que se desate una crisis como la del gobierno de Carazo y que hace poco, por cierto, pensé que es posible que yo tenga una especie de síndrome de estrés post traumático con esa época, cuando hubo tanta incertidumbre, cuando mi mamá buscaba productores o vendedores al por mayor para poder ahorrar un poquito, cuando solo se podía comprar una bolsa de leche por persona y en general, la plata no alcanzaba para nada. La crisis amenaza mis privilegios de clase media: mis clases de natación, el gimnasio, las compras en el Auto, las comidas afuera, los viajes, la educación privada de Pato, su ropita de tiendas gringas.

Le conté además que con lo que pasó, me preocupa que no pueda mantener el ritmo que llevo ahora, en el que tengo la enorme suerte de una flexibilidad enorme que me permite ver a Pato más de lo que muchas mujeres que trabajan ven a sus hijos.  Verlo un ratito antes de dormir o verlo solo dormido.

Ayer fue como estar, otra vez, en medio de una profunda depresión. Esa sensación de que el tiempo no pasa y todo lo que pasa me es ajeno. Una amiga lo describió perfecto: es como cuando te termina un novio muy querido y encima sabés que es porque te dio vuelta. Es un dolor de corazón. Es un dolor.

Ayer, además, es un sentirse tan perdido que no saber qué hacer. Hablé con otros liberacionistas, de los convencidos y de los que votaron por el partido porque no había de otra. Todo coincidían en que no podíamos tomar decisiones ayer y probablemente hoy tampoco. Que hay que esperar a ver. Seguís leyendo?

Google+TwitterPinterestFacebook

diciembre 30, 2017

No dejaré de quererte

Con el tiempo, da la impresión de que cada vez está más despierto, más atento, más activo. Como si los primeros meses con nosotros hubiese estado dormido o en proceso de ajuste. O tal vez sea solo la edad, pero está más inquieto.

Aun pienso todos los días en esto de la maternidad. Sigo leyendo y buscando libros del tema. Mientras más lo pienso, más convencida estoy que esto de ser mamá me cambió o me llevó a ser la persona que tenía que ser. Ahora entiendo a la gente que dice que se realiza con la maternidad y me arrepiento y me avergüenzo de todas las veces que me burlé de eso. Ahora me gusta hablar de bebés, de tips, de las cosas que hacen. Ahora me gusta y disfruto ser mamá.

Y aunque hay días que hace caca fuera de la bacinilla, se orina en la sala y en general, no para de ir de un lado para otro como un pequeño huracán, dejando juguetes tirados a su paso y lo quiero matar; aunque hay cosas y personas y dimensiones de mi vida que perdí para siempre con la llegada de Pato, no lo cambiaría por nada. Ni siquiera por volver a vivir lo que perdí. Seguís leyendo?

Google+TwitterPinterestFacebook

noviembre 19, 2017

Colecho

 

Para mi abuela, las señales de su movilidad social eran claros: su cama King size y poder echarle aceitunas, pasas y alcaparras al arroz con pollo y a los tamales.

Esa cama era como un potrero y el centro de todas las actividades del segundo piso. Mimí incluso llevaba a las visitas a ver la cama, y siempre se maravillaban del tamaño, preguntaban cuánta gente cabía y a dónde se conseguían esas sábanas.

Siempre, desde que me acuerdo, dormí con mi abuela. La cama nunca tuvo colcha, siempre en sábana y en las noches se sacaban del closet las cobijas de cada una. La mía era una amarilla, con ribete de satín, pero siempre quise la de mi prima, azul a cuadros, muy gruesa y calientita. Mi abuela veía con malos ojos que uno durmiera con medias. Seguís leyendo?

Google+TwitterPinterestFacebook

noviembre 17, 2017

84 cm de pura gloria

Tengo, con ocho meses de conocerlo, una larga lista de culpas, porque parece que la culpa y su administración es parte intrínseca de esto de la maternidad:

  • Cuando me toma de la mano, me lleva a la cocina, abre la boquita y señala hacia adentro. Está vacía y tiene hambre. Mamá puede comer cualquier cosa o si quiere, no come. Pato no.
  • Cuando lo trato como trataba a Fuser, le hago las mismas preguntas quién es mi tutú? y le hago los mismos piropos pero qué son estas paticas tan ricas. Me pregunto si trato a mi hijo como a un perro. Ya llegué a la conclusión que, en realidad, trataba a Fusi como a un bebé y al que le atrofié su naturaleza fue a mi pobre, noble y sacrificado perrito.
  • No le doy suficiente tiempo. Porque ni siquiera tomé la licencia de maternidad, porque trabajo mucho, porque no estoy en las madrugadas porque me voy a nadar, porque quiero leer, porque quiero tiempo para mí y todas las semanas hago planes maravillosos de cómo me voy a leer ese libro que me acabo de comprar.
  • A veces no cocino, no planeo, no me acuerdo o no dejo la instrucción. Entonces toca comer una salchicha, una tortilla con queso, un tarrito de coctelito de fruta. Algo para salir del paso. Y me pregunto si en su futuro habrán reclamos de esos días- muchos, parecen- de los olvidos de mamá. Pero donde Mimí yo no cenaba. Y en mi casa, la cena solía ser un infierno, de silencios o de reclamos. Los chilenos tampoco cenan, toman once. O sea, hay excusas. U opciones.
  • Le entiendo a señas y a veces pareciera que hasta le leo la mente. Le entiendo los gestos, los cambios de ánimo, las miradas. No le estimulo el lenguaje porque me encanta hablarle como si fuera un bebé.  No me gusta decirle “No te entiendo” porque lo cierto es que se lo entiendo todo, hasta lo que él todavía no sabe que me va a decir.
  • No lo tuve desde que nació. Y en esa culpa es en la que menos pienso porque es la única respecto a la que no puedo hacer nada. Hay tanto de resignación en esto.

Pato, todo él, es una experiencia de viaje en el tiempo, de paradojas. Todos los días cambia y crece y sé que es demasiado rápido, que ya no me cabe perfecto en el pecho como el primer día que llegó. Y a la vez, cada día se me hace eterno, no porque quiero que acabe o me aburre, sino porque lo siento totalmente lleno. Quisiera que fuera un bebé para siempre y a la vez, no puedo esperar a que sea grande, a verlo hecho un hombre. Seguís leyendo?

Google+TwitterPinterestFacebook

noviembre 6, 2017

Un Nadador Shaolín en el Torneo nacional master de piscina corta

El viernes en la tarde, cuando empezó el torneo, calenté despacio, con calma. Hice todos los ejercicios. Me tiré de la banqueta y me moretié porque eso no practiqué nunca.  Ese día nadé el 100 de pecho, quedé cansada, pero no muerta. Según yo, mantuve el ritmo intacto todo el rato.  Fue la última prueba de la noche.

Al día siguiente, el sábado, empezaba con relevos. Me tocó abrir con 50 m libre. Esa y el 100 eran mis verdaderas pruebas, porque este año volví a aprender a nadar, especialmente libre.

Después de la licencia de Pato, que fue ajuste, contracturas, lesiones, montañas rusas emocionales y nada de agua, volví a la piscina. Don Francisco tuvo la paciencia de intentar conmigo varias opciones, instrucciones, sugerencias, hasta que al fin, mis brazos se conectaron al cerebro y mi brazada en libre dejó de ser un chapoteo. Cuando empecé a hacer ese movimiento, me sentía enorme y ridícula, de verdad como uno de esos molinos gigantes de los campos de Montiel a los que se enfrentaba el pobre loco del Quijote. Hasta que me vi en video y el cambio es notorio. Me veo casi normal, como si nadara de verdad.

Pero no fue solo la brazada. La patada: que la haga de muñeca, que me olvide de las piernas, que para qué darle oxígeno a miembros tan grandes que están tan lejos, que los pies se me disparan y distorsionan el avance. Que suba la barbilla. Que no baje los brazos.

Y lo más difícil de todo: Vaya despacio. No sea tan acelerada. Haga los movimientos muy, muy lentos. En los calentamientos de las Olimpiadas y los Mundiales los nadadores repiten con precisión milimétrica los movimientos que después van a hacer en la prueba. A usted en qué le afecta lo que hagan los demás? Vaya despacio. En esta vida todos quieren resultados inmediatos. En otro país, dedicado 100% a la natación, con otros medios, hubiéramos ganado el oro en 3 o 4 años. Aquí duramos 26. Estuvimos cerca en el año 5 y luego, se alejó, se alejó, se alejó y luego, 26 años después pasó.  Las cosas no son de hoy para mañana. Yo ya me había dado por vencido con usted, pero ahora lo hago por vanidad mía. Yo sigo adelante si usted me responde. Seguís leyendo?

Google+TwitterPinterestFacebook

octubre 21, 2017

Destellos

Anteayer tuve la certeza que podía salirme de la presa, ir a Barrio México, a la casa de mi abuela, abrir con mis llaves y decirle nada más que venía a almorzar. Casi la pude ver recibiéndome en la puerta.

Anoche soñé con el abrazo de ese muchacho, que por ningún motivo y con todo en contra, siempre me hizo sentir querida, acompañada, segura por el breve momento que duraba.

Google+TwitterPinterestFacebook

octubre 16, 2017

Siete meses

The Chosen. El primer reporte de las clases de Pato, indica que, básicamente, aunque es un niño feliz, tiende a ser un niño malcriado, o al menos ese es el riesgo. Los aspectos de EP (en proceso), tienen que ver con obediencia y límites. Es un niño de carácter fuerte, que en este momento, tiene de todo lo que necesita y a veces más. Y eso es un riesgo.

Hay que reducir la cantidad de juguetes. Hay que acostumbrarlo a que no todo lo que quiere se le da, porque si no, va a sufrir mucho en la vida, como tanto adulto que llora cuando la realidad le dice a la cara que no basta con querer algo, que muchas veces no tenemos lo que queremos y está bien.

Me toca ser su figura de autoridad. La que pone límites. La que dice que no vamos a ver al mono pulguiento de George en la tele porque la mamá está viendo algo más y simplemente porque no todo te toca en la vida. La que le dice “No entiendo lo que estás diciendo, hablá claro”. La que le repite la misma pregunta 70 veces y no cambia el tema hasta que conteste lo que tiene que contestar. La que lo obliga a recoger cosa por cosa. La que tiene que respirar hondo cuando sale corriendo a esconderse detrás de un sillón. Seguís leyendo?

Google+TwitterPinterestFacebook

octubre 15, 2017

KonMarie Method

Hay un hospital que está recogiendo libros usados para que los pacientes de los salones tengan algo que leer, que se puedan entretener en esas hospitalizaciones largas o solitarias.

Libros que me hicieron llorar de dolor al leerlos. Se van. No quiero volver a verlos.

Libros que ya no necesito, que perdieron vigencia, que son de otra versión de mí. Fuser no está, no necesito saber de obediencia canina. No quiero leer más de campos de concentración. Este y aquel y este otro son temas superados.

Libros tan viejos que no se consiguen en Kindle, sobre todo esos de editoriales desaparecidas, de países detrás de la cortina de hierro, libros contra el sistema.  No es que lo vaya a leer de nuevo pronto. Pero se quedan. “El Kindle ayuda a que no se note que una, con los libros, tiene rasgos de acumuladora, pero no tienen todo lo que quiero”– pienso

Libros que me hicieron sonreír, con historias maravillosa.  Se van. Ojalá hagan a alguien tan feliz como me hicieron a mí un día.

Libros picantes, rayando en la pornografía. Tal vez le sirva a alguien, que como yo, jamás admitió que le gustaba leerlos pero igual los buscaba.

Un recuerdo en cada libro.  Cuándo y dónde lo compré. Porqué. Quién me lo regaló. Cómo me sentía cuando lo leí. Quién era yo. Quién fui.

Y esa nostalgia del tiempo que tenía antes para mí y para mis libros. Cuándo voy a tener tiempo para volver a leer? Cuándo podré leer algo que no sea de crianza de un hijo?

Se quedan. No pierdo la esperanza de volver a leer.

Google+TwitterPinterestFacebook

octubre 12, 2017

Un email de amor

Ayer envié un correo que debí haber firmado así: “Pasé pepiada de vos toda la facultad”. Pero no me animé y en lugar de eso, usé “Saludos”.

Me contestó muy rápido. “Qué gusto saber de vos después de tanto tiempo” y después, una frase más prometiéndome ayudarme con lo solicitado.

Yo ya había fantaseado con la idea un “jale a tomar café y hablar paja un rato” o  “Y si almorzamos el viernes?”. Pensé que debí haber enviado un correo más personalizado. Algo donde quedara todo claro.

De todos modos, sé que él sabe, porque hace un tiempo, una amiga común se reunió con él. Por alguna razón, mencionaron mi nombre y me contaron que él dijo “Ella es tan linda…” y entonces la amiga común le soltó toda la sopa: “EN SERIO? Ay, vos sabés que hace un tiempo, estábamos con ella en una reu, y saliste vos a relucir y ella nos confesó que vos siempre le habías gustado?”.

No mandé mi segundo correo. El no me escribió más. No me llegó ninguna invitación.

No importa. Este intercambio, así de corto, me hizo sentir como cuando me sonreía cuando nos topábamos de en un pasillo, en las gradas o en la soda de Derecho y me decía solo “Hola”, justo en el momento en que solo yo podía escucharlo, porque lo decía muy bajito.

Google+TwitterPinterestFacebook