Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

 

agosto 19, 2022

A vampire tail

Cojo la bolsa de nadar. La subo al carro. Llego a la piscina. Me bajo. Bajo la bolsa. La pongo en una banca y veo como una pelusa negra agarrada de la malla de la bolsa.  Cuando me acerco- porque ya no veo de cerca sin anteojos- le veo cola y pienso que será un ratoncito muerto. La sacudo y esto cae al suelo.

Cuando salgo de nadar, ha hecho un giro de 180°, mueve las orejas y me hace trompitas. Posa para la foto. Que quiere aplicar para mascota de Pato, dice.

En simultáneo, en mi noche interna, se disipa la niebla y el hombre elegante de capa y ojos oscuros me extiende una mano muy pálida. Sus ojos tan oscuros. Su sonrisa triste, antigua. Lo escucho, desde mis adentros “Te ofrezco la vida eterna. La otra vida eterna”

The night is dark and full of terrors. Si viviera en Europa, me perdería de estas experiencias tan tropicales. En su defensa, estaba todo aturdido. No es mornin’ vermin. Por dicha no se alborotó en el carro.

Ni asco, ni miedo. Tal vez un poco de añoranza. Solo eso

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agosto 4, 2022

Temores

-Mami, a qué es a lo que le tienes más miedo?

-A perderte.

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agosto 3, 2022

Náuseas

Estaba nadando, muy despacio y sentí las náuseas. Las náuseas del miedo. Es miedo. Pero no es cierto. Lo que siento es el peso del recuerdo del marzo de la noticia, de los días en que no sabía si me iba a morir, las noches que me dormía llorando abrazada a Pato y la angustia, la incertidumbre, los exámenes, el seguro, las vías, la anestesia, la cirugía. Y después, la nada. Una nada enorme, viscosa, sabiendo que tenía que rendirme y quedarme quieta en un solo lugar porque no era un tema de avanzar, era de resistencia.

Y cómo se me borró la mente y la memoria y me dejó de funcionar el cerebro. La sensación de perder el control del cuerpo y la medicamentosidad en que se convirtió la vida. La cotidaneidad de que todo me cayera mal y a la vez que no me importara. Los ciclos de quimio. Pato. La vacuna del mareo es lo que me tiene así. Quedarme hecha un puño en una cama por días. Sedarme porque estaba mejor dormida que en ese estado de suspensión de la vida

Forzar el cerebro al máximo para acercarme a rendir apenas lo necesario. Apostarle a un cuerpo que siempre me ha fallado y me volvió a fallas: dos veces, cáncer. Hacer la paz con morirme si eso llegaba a pasar, a despedirme, a reconocer que no hay nada más, que no me daría cuenta. A no pensar en el dolor de los demás por esa impotencia, que me cierra la garganta y me desgarra por dentro. No me dejen sufrir. Cuiden a Pato.

La ideación. No quiero que me van mal. No quiero irme apagando. Primero me mato.

Es normal que quedés traumada, me dice el médico. Pero yo sé que no es normal que llore así cada vez que me ponen una vía.  Y a la vez sé que no lloro por el dolor. Lloro por todo lo que me pasó y no lloré porque no recordaba ni cómo llorar.

Y ahora, que tengo que revisar-controlar, para verificar que no hay nada, que me curé, que todo está bien, todo aprovecha y vuelve. Y entonces, las náuseas.

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julio 3, 2022

RoeVsWade vs Dámelo que yo lo adopto

Crecemos expuestos a películas, cuentos e historias donde una madre atribulada por su situación de pobreza o cualquier otra amenaza igual de estructural o resistente a soluciones, amorosamente deposita a su recién nacido en el portal de una Iglesia, convento o casa, usualmente en una canasta. Adentro, una nota escrita a mano capaz de hacer llorar al más plantado, una cobijita o ropita escogida con amor y dolor y, tal vez, una cadenita o algo para que sea recordada siempre, en esa vida que, en un acto casi de inhumano desprendimiento, esa sufrida mujer procura para su retoño.

Para los hispanohablantes, sobran los ejemplos transgeneracionales: Marcelino Pan y Vino, y su adorado Fray Patata, que en toda la inocencia de sus cinco añitos, pregunta “¿qué es una madre?”, justamente lo mismo que preguntaron los Niños Perdidos de Nunca Jamás en la versión Disney de Peter Pan. Seguís leyendo?

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junio 10, 2022

Cómo te enseño a perder

La noche anterior, cuando te avisamos que íbamos para el torneo, hubo mucho llanto y trompas:

No quiero ir”

“Yo no estoy preparado”

“¿Y si pierdo? ¿Y si los demás se burlan de mí? ¿Y si me equivoco?”

“Estoy nervioso, me duele la pancita”

De poco sirvió decirte que el profesor del club de ajedrez nos había asegurado que estabas tan listo como cualquier otro niño de preparatoria. Nadie esperaba que fueras Kasparov, era solo para familiarizarte con la dinámica de estas cosas.

Pato: al toro, por los cuernos. Si no querés pasar toda la vida huyéndole al miedo, perdido en recovecos con tal de no enfrentar, sintiendo miedo del miedo mismo; no queda más que pararse al frente, con todo y los nervios y susto y el dolor de panza. Pasa rápido, te lo prometo.

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junio 10, 2022

El Hijo del Santo en Costa Rica

Llegamos temprano al gimnasio de la Ciudad Deportiva de Hatillo 2. Ya garuaba y había un poco de fila. Nadie sabía decirte cuál era la entrada VIP. Alguien de la producción señaló un portón y para allá nos fuimos. El resto de las entradas eran gratuitas.

Detrás de nosotros, un policía pensionado, con su gorra de servicio, nos metió conversa y mencionó luchadores legendarios. El único nombre que reconocimos era Huracán Ramírez. Contó que de chiquillo iba a ver las películas de El Santo en el cine: todos se levantaban a aplaudir, a abuchear los villanos y que aquello era como estar en el ring.

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enero 21, 2022

La tercera en menos de un año

Me siento un poco como Fone, el peluche de Pato: hecha mierda, vieja, arrugada y llena de remiendos.

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enero 15, 2022

Absolutoria

1985

Hacía calor húmedo de zona bananera. Para esas vacaciones yo recién había cumplido 13 años. Faltaban un par de meses para la primera regla.  Recién llegábamos desde San José, mi abuela Nena, mi primo Enrique, y yo, a visitar a mi tía y a su familia.

Esa noche, Enrique y yo nos quedamos en la sala, hablando en voz bajita de cualquier cosa. Mi tía había salido. El marido andaba de viaje.  Nena y los más pequeños ya se habían acostado.

Enrique jugaba basketbol. Era alto, moreno y atlético, con una sonrisa tímida y una voz suavecita. Mis compañeras, en los recreos, hablaban de sus primos, de sus amores platónicos, de besuqueos a escondidas. De Enrique me enamoré con todas las fuerzas, segura de que lo disimulaba sin problema.

Desde hacía unos meses, él había asumido enseñarme a  ser adolescente. En Semana Santa, me propuso un experimento: acostarnos uno muy cerca del otro para ver si era cierto que daban ganas de algo. Le dije que no había funcionado. Mentí.

Me trataba de enseñar a bailar. Me preguntaba si alguna vez me habían dado un beso.  Me contaba de los corazones de cartulina que le mandaban en los festivales, de cuando lo llamaban a la casa para cortar cuando él contestaba, de los quince años y los apretes.

Esa noche me propuso otro experimento. Recostaría su cabeza en mis regazos y veríamos qué pasaba. Yo le tocaba el pelo. Lacio, corto, suave. Le volví a mentir. “No sentí nada. No funcionó”.

Dijo que bailáramos y apagó la luz. No recuerdo la canción. Recuerdo sentir su energía cuando se iba acercando, sus manos en mi cintura, su abrazo y las instrucciones, al oído: “No se mueva tanto. Es apenas llevar el cuerpo de un lado a otro. Tranquila. Cierre los ojos. Sienta la música. Despacio”. Con cada respiración profunda, el aire le hinchaba el pecho contra el mío.

Una eternidad tibia, oscura y húmeda de casi tres minutos.

“¿QUÉ ESTAN HACIENDO? Se van a acostar YA!” Nena estaba en la puerta de la sala, con la luz prendida, fúrica. Esperó a mi tía y las oí hablando entre ellas, llamando varias veces a San José.

Esa noche pasé con náuseas, temblores, mareos, sudando frío, con mucha culpa, mucho miedo. Una sensación de suciedad profunda y la vergüenza. Nena nos había visto.

Nena nunca me había querido. Me trataba diferente, distante. Enrique era el mayor de sus nietos y su favorito.  Siempre la oí decir que los nicas somos así. Vulgares, indecentes, capaces de cualquier cosa.

Cuando amaneció, me mandaron sola para San José, sentada en el asiento del copiloto porque solo ese campo quedaba en la avioneta.

Nadie me dijo nada. No hubo castigos. Pero a partir de ese momento, perdí todo contacto con Enrique. Nunca estaba cuando lo llamaba y no sé si él me pudo llamar alguna vez. Nunca volvimos a coincidir en nada sin patrullaje familiar pesado.

 

 

2020

No ha empezado la pandemia. Mi tía, la mamá de Enrique, nos invita a tomar café. Vamos mi hijo, mi mamá y yo.  Nena lleva varios años muerta.

Empiezan a hablar de mi otra tía, su hermana, la que vivió en la zona bananera. Lleva más un de año con un deterioro cognitivo impresionante, casi en estado vegetal. La cuida la hija menor. El mayor  no la visita porque le da miedo verla.

Enrique se casó hace muchos años. A mí no me invitaron. No tiene hijos. La esposa se lleva mal con mi tía y no se hablan. Enrique visita a los papás a escondidas.

Hace mucho tiempo no pienso en él. Yo me enamoré solo 3 veces más con la misma fuerza.

Comentan, entre ellas, lo impresionante del estado de su hermana, con cierto temor de que les pase lo mismo. Comparan antecedentes familiares y concluyen que nadie ha tenido nada parecido. Mi tía se lleva la taza a la boca y hablándole al café, lo suelta: “Tal vez fue por todas las veces que la violó el marido”

Pongo atención por primera vez “¿Qué?” Mis tías no hablan nunca de eso.

Sí. El marido la violaba, a cada rato.  Ella quedaba con moretes, golpes, lesiones, enfermedades venéreas y la humillación y el dolor y la rabia y los ojos rojos de llorar tanto. A veces los hijos oían los gritos. Ante los demás, él se portaba coqueto y seductor con ella, como un hombre muy enamorado.

Ella se venía a San José cuando la cosa se ponía muy violenta. Entre las hermanas y Nena la recibían, le daban plata, la consolaban, le compraban comida para que llevara de vuelta a la casa y no tuviera que pedirle nada al marido. Trataban de convencerla de que lo dejara y lo lograron, hasta muy tarde, cuando él ya tenía cáncer.

El marido era nica, como yo. Hablaba duro y le decía “amor” a los hijos, con el acento que no perdió nunca. Tomaba mucho guaro y era mujeriego.

Ahora entendía porqué esa tía siempre fue tan estricta con sus hijos, rayando en la violencia. Su fe casi fanática en el Padre Minor, la Virgen Dios y  la Iglesia. Las veces que me preguntaba si yo veía de vez en cuando a su primer novio, un abogado, y si él preguntaba por ella. Tantos rosarios, tanta culpa, tantos suspiros, tanto arrepentimiento.  La evoqué, cocinando en la casa de la zona bananera, siempre en vestido, con fustán y medias de nylon. Sentí otra vez el abrazo de mi primo, el calor húmedo y la canción suave.

Mis tías, mi mamá y Nena siempre habían sabido eso porque entre ellas se lo contaban todo. Nos mandaban a nosotros en vacaciones para evitar las violaciones por un par de días.

Entendí que esa noche, Nena las había llamado y les contó lo que había visto: A Enrique, que tenía para entonces quince años; conmigo, tonta de ilusión del primer enamoramiento.

No había sido yo. No era la Jezabel, no era mi sangre nica. No fui yo. Nunca fui yo.

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octubre 16, 2021

3 km

Cómo se llama ese muchacho que quiere venderte un saltamontes de zacate?

A dónde va ese señor en bicicleta?

Por qué ellos se abrazan? De qué se ríen?

Qué está comiendo el señor que está parado en la esquina?

Cómo se llama la persona que está pidiendo dinero?

Por qué no sabes, mami?

Por qué no les preguntamos?

 

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octubre 13, 2021

Desbordada

Me florece el cuerpo, por dentro. Tumores benignos, deditos de tejido que se llaman pólipos, un arbolito de brocoli microscópico. Un cáncer maligno en el estómago. Cierro los ojos y casi puedo recordar el sonido amordazado de su esfuerzo al romper superficies e ir creciendo, abriéndose espacio en la oscuridad de mi cuerpo.

Juan Luis Guerra quiere bordar de corales mi cintura y hacer siluetas de amor bajo la luna. Es de noche, hace calor, es una noche para hundirnos hasta el fin. Estamos bailando cara a cara, beso a beso- Es vivir, vivir, bailar así, con vos, mojada en ti, mojada en vos. Recuerdo la cadencia, los pasos, la mano de Alex en mi cintura, cantar la canción moviendo los labios, sentir en el cuerpo la necesidad de moverme, tirar la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados para despegar el pelo húmedo del cuello. Para respirar.

También tengo la tristeza de José José cuando canta que está preso, de su forma de hacer eso, de lo que llamas amor. Cuando canta cualquier cosa, de hecho. Yo sé de esa tristeza de la que él canta. La entendí desde la primera vez que lo escuché cantar cuando estaba chiquita, sé que compartimos dolores. José José es lo que sonaba aquella vez en aquella casa donde brincamos en una cama que no era nuestra y nos acomodamos juntos en un sillón reclinable.

Leo un artículo internacional de cómo se vive en la parte más pobre del país más próspero de Centroamérica, donde naciste vos. Es una ventana a cómo habría sido tu vida, pero no es porque estás aquí y vas a tu colegio privado en buseta y aprendés otro idioma y preguntás cuánto falta para tu cumpleaños. No tenés idea de lo que es pasar una vida entera pensando qué hubiera pasado en otro universo. Qué será de esa muchacha? Pensará en vos? En nosotros? Le dará paz pensar que estás bien? Con hambre no hay espacio para recuerdos y mucho menos para buenos deseos.

Hoy es el primer día en meses que puedo decir que tengo control sobre mi mente, que siento que otra vez soy yo. Pero se me desbordan todos esos recuerdos.

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