En el recital de fin de año de Pato, voy a cantar una canción de flamenco.
Fui a donde un diseñador a pedirle una interpretación moderna de un traje de flamenco.
Le dije: No quiero un disfraz, pero quiero que sea evidente que es de flamenco. Quiero poder usarlo para actividades y que los demás piensen que soy la mejor vestida. Quiero le elegancia, la furia contenida del silencio forzado de la mujer española obligada al silencio por la derrota de la guerra, la cólera de la gitana discriminada a diario por nómada. Quiero el desgarro, la reivindicación del que pierde. El drama.
Quiero que sea la Alhambra y Granada y Lorca y Bodas de Sangre y La Casa de Bernarda Alba. Quiero que sea el orgullo de ser morena, intraducible, como la misma palabra.
Pero no es solo el vestido, que es un capricho caro. Quiero hacer el ejercicio de pararme sola frente a un escenario y no solo cantar, sino vivirlo, interpretarlo.
Quiero que Pato se acuerde para toda su vida de su mamá loca.
Porque la primera vez que la ensayé no me salía la voz y estaba seca, inmóvil como una escoba.
He evitado conscientemente practicar, pero me voy a obligar a hacerlo
Es una canción hecha con inteligencia artificial, pero encontramos la forma de bajarle el tono y ajustarla a mi voz.
Quiero, con la lágrima flamenca, romper el hechizo del miedo, de la vergüenza, del hielo.
Y me emociona montones mi proyecto.
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