Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

Vino a verme

desde la isla de

Alguien me decía que no podía ir a la casa de mi abuela.

Eso bastaba para que empezara a caminar muy rápido, de la Coca Cola a la casa de ella, fúrica, mientras me iba diciendo a mí misma que ningún hijueputa me podía decir que no podía ir a la casa de mi abuela, que nadie me lo podía impedir, que yo iba cuando me daba la gana y no tenía porqué hacer caso si alguien me decía que no podía, que yo iba porque iba y punto.

Llegué. Calle 28 avenida 15. La casa de esquinera de siempre. La puerta estaba cerrada.

Entonces me acordé de las veces que he soñado en estos años con esa casa. En esos sueños mi abuela estaba en coma, muy delgada, casi muerta, en una cama, en un cuartito, a cargo de una desconocida.

Me sentía muy mal porque nunca me había dado cuenta que ella seguía viva o que estaba así de mal.

Pero esto era diferente. Yo sabía que era diferente porque la casa estaba idéntica. Saqué mis llaves y abrí el portón.

Se abrió la puerta de la casa.

Y viajé en el tiempo. Ahí, en el marco de la puerta, estaba mi abuela. La sentí físicamente, cómo se acercaba a mí y levantaba un poquito la cara para darme un beso, porque yo soy un poquito más alta de lo que ella era.

Su olor a cocina, a tortilla palmeada, la loción que usaba en el pelo, el pelo en un moño con peineta. Su piel morena, arrugada. La sonrisa genuina, el brillo en los ojos cada vez que me veía. Cada vez que me ve.

Y ese ruidito especial solo para mí, una risa sorda, de satisfacción, cariño y alegría. Juntas, otra vez.

Me asusté tanto que me desperté de golpe.

Vale que no creo que fantasmas. Si no, hubiera dicho que la vi, la sentí, la tuve otra vez conmigo. Se cruzaron dimensiones. Me dio un beso. Vino a verme.

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Gotitas de lluvia

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