A Perri lo compró Dani antes de morir y no porque ella supiera que se iba a morir así, de repente, un día de enero. Lo compró para dárselo a Pato para Navidad o cumpleaños.
Perri es un pastor alemán de peluche, de los pocos que se ven como esos perritos. Dani sabía que Pato adora a Siggy.
Perri llegó a manos de Pato poco después de que Dani murió. Se lo dio la Nona.
Desde entonces, Perri no se separa de Pato. Duerme con él todos los días. Perri ha viajado con Pato dentro y fuera del país, en un rincón de la maleta. Cuando no encuentra a Perri, se desespera y llora.
Pato no lo sabe, pero llora porque revive una separación forzada, imposible de solventar. El mismo dice que no sabe qué le pasa pero solo quiere llorar.
Lo que más le gusta a Pato es oler a Perri. Lo abraza para dormir, pero siempre cerca de su nariz. Cuesta mucho lavar a Perri porque Pato siempre quiere saber dónde está Perri.
Pero ayer, por error, Perri se quedó en la casa de la Nona. Pato, por supuesto, lloró y lloró. Le dijimos que estaba en un lugar seguro, con gente que lo quería y lo cuida y en unos días vamos por él.
Pato aseguró que no podría dormir. Pero se durmió.
Y hoy no ha preguntado por él.
No sé si será la pre adolescencia, que amenaza ya con dejar de lado a Perri y a los demás peluches.
Ya me encargaré yo de rescatarlos y cuidarlos para cuando pase la tormenta hormonal y Pato recuerde quién absorbió sus lágrimas y lo cuidó de sus miedos.
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