Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

El canto del quetzal

desde la isla de

Ni siquiera pintaba el sol cuando nos montamos a la buseta del tour. Tampoco cuando nos bajamos, como a los 2 kilómetros, a la orilla de la carretera, para ver unos árboles donde el guía nos decía que llegaba el quetzal.

Además de nosotros había un grupo enorme de gringos y europeos con equipos carísimos, vestidos de camuflaje, con la misma misión. Ellos son los pajareros, el nuevo grano de oro de la economía local, uniformados en tonos de verdes y de café. Son los que pagan miles de dólares por ese viaje de capricho a Costa Rica, alquilan Audi con chofer y biólogo de cabecera por una foto de un quetzal.

Mientras esperábamos, fuimos testigo de la podredumbre que siempre saca a flote la competencia: que mi cámara es mejor que la tuya, que no me tapés, que este es mi campo, que eso que canta no es tal pájaro, sino tal otro, que el año pasado estuve en tal parte, etc. Que aquel que se allá es tal y no cual, no seás novato. Que si concés tal aplicación. Que los libros especializados no sirven para nada.

Al otro lado de la calle se oyó cantar al quetzal. Un piar dulce y acompasado, como la percusión de una cajita de madera pulida de un ron ron. Nunca había oído cantar a un quetzal. Ni siquiera sabía que cantaban.

Estaba cantando del lado que no era. Pero era él, sin duda. Todos tratábamos de ubicar entre tanto verde a un pájaro verde que no se deja ver y que solo movía las ramas

De repente, cruzó el cielo,  y lo pude ver, en toda su magia y su gloria. Mi 60% de genes mesoamericanos lo reconoció desde el pasado pre colombino. Era Quetzalcoatl, el dios de la dualidad entre la parte humana y la espiritual. Kukulkán, la serpiente emplumada. Y se me llenaron los ojos de lágrimas.

En nahuatl, quetzal es una descripción: pájaro emplumado esmeralda. Coatl, es la serpiente. Los aztecas y los mayas hablaban de la serpiente que vuela, el efecto de ver su larguísima cola desplazarse bailando por el cielo. El efecto del sol en la pirámide de Cichén Itza cada equinoccio, cuando la sombra baja desde la cumbre hasta el suelo. Para el equinoccio de primavera, el quetzal se aparea.

Se nos perdió por casi dos horas. No le importó que el desayuno lo servían a las 7, ni que los biólogos explicaron que él siempre venía a la misma ramita, que se llama percha. Se quedó en el nido- y le vimos la cola verde, larga y exhuberante- porque hacía mucho frío y tenía que calentar al pichón recién nacido. Solo tienen dos pichones al año y cuando están listos, el macho se va con uno y la hembra con otro. Se juntan solo para reproducirse. Cuando uno se queda en el nido, el otro sale a buscar comida y se van turnando. Cantan para contarle al otro que encontraron algo, que están cerca, que ya van llegando.

Dicen los científicos que viven 18 años, pero la sangre y la tierra saben que el dios de la sabiduría, el viento, la vida, la agricultura y el renacimiento, es eterno. Dicen que en Guatemala los han tenido en cautiverio, pero eso les altera su naturaleza, dejan de ser lo que eran, tal vez porque les dan de comer melón y papaya en un plato enorme, como su fueran pericos.

Dicen que hay que esperar a que salga el sol con fuerza, para verlo mejor. Decían, en Tenochtitlan, que Quetzalcoatl era un hombre blanco, de barba rubia, que sabía sembrar, trabajar metales, navegar en el mar y  entendía el movimiento de las estrellas. Que lo envidiaban los dioses y le pusieron una trampa que lo hizo hundirse en la vergüenza y embarcarse para irse lejos, prometiendo que algún día, cuando regresara, lo haría desde el lugar donde sale el sol. Ese, que estamos esperando.

Los guías se hablan por radio. Lo vieron en aquella ventana dorada que hacen las ramas con musgo seco. Salió del nido. Se fue para el otro lado, viene para este. Es un comportamiento atípico, puede ser el cambio climático porque ayer no nos hizo esperar tanto.

Para pasar el rato, los turistas le toman fotos a un gusanito de los que ortigan. Al musgo, al paisaje, a las orquídeas. Alguien grita en voz baja que lo ven por aquí y por allá y para allá salen todos corriendo. A eso le dicen el baile del quetzal.

Finalmente se deja ver de nuevo. Una mancha roja en una rama. Otro vuelo surrealista casi a ras del suelo. Una ojeada rápida por el telescopio. Fotos tomadas por el guía con los celulares pegados el lente.

Le explicaba a Pato, aburrido porque el quetzal no entiende de horas de espera o ganas de desayunar, que somos afortunados: muy pocas personas logran ver un pájaro tan maravilloso y lleno de significado, leyendas e historia. Es como salir a cazar auroras boreales y encontrarlas.  

Y pensar que  en los 1800 aun era posible verlos en el Parque Central en San José.

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El servicio del restaurante es rápido e impecable, pero a los meseros se les nota la ahuevazón cuando nos oyen el acento. Saben que los ticos sabemos que los precios ya incluyen propia y a diferencia de los turistas del primer mundo, no dejamos ni siquiera menudo en la mesa.

Nosotros, por nuestra parte, por primera vez muy agradecidos con el Presi, porque con el dólar por el piso, comemos como reyes sin tener que vender el hígado.

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Danza con rucos

El tour de la tarde era cabalgata. Ibamos todos muy alegres, hasta que ya en el potrero Pato empezó a llorar asustado, a decir que no quería montarse. Lloró mientras le ponían el casco, lo encaramaban, le ponían los pies en los estribos y le prometían que lo iban a llevar amarradito. Rompía el corazón oírlo decirle al guía por favor, señor en serio, tengo miedo, me quiero bajar.

Yo no me montaba a caballo desde, por lo menos, 1975. Entonces había caballitos de carrusel y de verdad en Plaza Víquez, y uno pagaba para dar una vuelta. El muchacho llevaba al caballo flaquito y cansado de la mano.

El que se moría del miedo, a los 2 minutos de empezar a cabalgar dijo que no era tan malo, iba de primero y se volvía a cada rato para ver si los de atrás veníamos bien, dar instrucciones o apurarnos.

Mariposa y yo cruzamos potreros, subimos y bajamos guindos, pasamos varias veces por ríos, y me hizo pegar varias veces en piedras y ramas, porque ella va por donde puede y no por donde una persona alta puede dejar el pescuezo en una rama. Yo volví a mi pasado católico y recé cuando se agachó a mordisquear una ojita, cuando se quedó a medio yurro tomando agua, cuando paraba a ver por cuáles piedras irse cuesta abajo, cuando resoplaba, cuando todo.

 Tres veces se resbaló la yegua (la de abajo), seguro para que yo aprendiera en  carne propia lo que es un resbalonazo de cascos en los trillos jabonosos de la vida.

Dos veces se me puso matona a trotar rapidito y dos veces quedé  con el corazón en la boca y se me salió un gritillo apenas de noooo me hagás esto, Mariposa, niña-tenga-juicio y solicitudes encarecidas de consideración a esta señora ya de cierta edad y angustias.

El que rogaba a moco tendido que lo bajaran, terminó pidiendo que nos fuéramos a caballo al hotel en lugar de quedarnos en el potrero donde empezó todo. Se despidió de su yegua Estrellita, como si se hubieran criado juntos, pegando frente con frente y diciéndole en voz baja tequieromucho.

Aquí está como una lora gestionando repetir el tour mañana, pero con más tiempo de caballo. Mientras tanto, yo aquí estoy desfallecida tratando de recuperarme del ataque de pánico contenido, porque me falta el aire y necesito acostarme un ratito.

Fediverse Reactions

Gotitas de lluvia

2 respuestas a “El canto del quetzal”

  1. @solentiname Me encanta esta crónica. Yo nunca he visto un quetzal, pero voy ahorita para Dota

  2. @solentiname que tierno Pato 😊

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