Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

Celebrity stalkers

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desde la isla de

Probablemente era verano porque las dos andábamos en shorts. El sol castigaba como solo lo hace en el Caribe en verano pero yo no me daba cuenta porque Dafne pedaleaba con fuerza y la velocidad generaba brisa refrescante.

Yo iba atrás, en la bacinilla del triciclo, agarrada de las orillas, asustada y emocionada. Oía sus risas, la oía explicarme el plan, la veía pedalear con fuerza, su pelo cobrizo, indomable, impeinable, al viento. No entendía mucho, yo, pero allá iba.

Paramos frente a una mansión imponente de Miami Beach. Allá, detrás del portón altísimo se veía clarita, en toda su magnificencia, su fachada de gente rica, separada del mundo por ese portón y ese muro sin timbre. Todo entre beige y naranja-piña pastel.

Aquí viven los Gibb- me aseguró Dafne. La mejor de todas las noticias. Yo estaba obsesionada con Saturday Night fever, Olivia Newton John, John Travolta y Grease. Por supuesto que no había visto ninguna de esas películas. Pero estaba aprendiendo a escribir en inglés en la escuela y en lugar de Dick and Jane, usaba John and Olivia, de mi propia autoría. Mi ropa favorita era un juego de pantalón largo blanco y camiseta sin mangas, los dos con una franja gruesa de seda rosa y celeste. Muy disco, todo aquello.

Empezamos a ejecutar el plan. Que era chocar una y otra vez contra el portón hasta Andy Gibb saliera a abrirnos, acompañado por sus dos hermanos. Los tres en pantalones de diolén de colores claros, camisas abiertas hasta el ombligo y solapas muy anchas.

Entonces los conoceríamos. Y ya. No teníamos nada planeado más allá de eso. Ni siquiera llevábamos nada para autógrafos.

Dafne empezó a embestir el triciclo contra el portón, conmigo en la bacinilla, como los carritos chocones de los turnos. Teníamos la esperanza puesta en la fuerza y la resistencia del triciclo.  Era de los de verdad, de los que usaban los adultos. Este, en particularM era Daisy, la suegra del papá de Dafne. Chiquitilla, loca y mala. Nos robamos el triciclo aprovechando que Daysi estaba concentrada en sus rezos diarios, donde la imagen de la Virgen le hablaba, movía la cabeza y le daba consejos.  Eso lo combinaba con la santería de la Calle 8 para mejores resultados.

No sé cuántas veces chocamos. Cuántas fuimos a dar al suelo y cuántas nos volvimos a montar y enrumbar contra el portón. Cuántos raspones, cuánto sudamos, cuánto estuvimos ahí.

Normalmente, con el primer golpe , yo me hubiera puesto a llorar, temblando de miedo, hecha un puñito derrotado, chupándome el pulgar derecho para consolarme mientras buscaba los regazos de mi abuela.  Dafne no. Con cada bombazo se reía más duro, se sacudía el polvo y se volvía a encaramar al triciclo, prometiéndome que todo saldría bien y que sí funcionaría, con una fe impresionante en el plan. Si ella creía, yo también. Me sorbía los mocos y me obligaba a ser valiente, como ella,  para ver a Andy Gibb.

Hasta que salió un gringo anónimo y a gritos nos dijo que nos fuéramos de ahí y quién sabe cuáles otras amenazas.

Ahora Dafne dice que no se acuerda. Que, de todos modos, nunca le gustaron los Hermanos Gibb. No importa. Yo me acuerdo por las dos. Sobre todo me acuerdo de las carcajadas y de la promesa de que todo iba a salir bien.

Fediverse Reactions

Gotitas de lluvia

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