Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

Brujismos

desde la isla de

Llevaba días con un pálpito. Pensaba que era por una noticia que recibí de un tema del que he intentado mantenerme muy lejos. O por el juicio que tenía hoy, muy complicado. O que había entrado otra vez en un ciclo de ansiedad.

Desde hace años tengo una cajita de seguridad en el Banco Nacional, de la que me acuerdo como cada 5 años. Cada vez que se me aceleraba el corazón y sentía el vacío en la panza, pensaba en la cajita.

Había leído la noticia de una familia de plata que dejó vencer su cajita. Los estafadores, funcionarios del banco, la declararon en abandono, la abrieron y se levantaron todas las joyas. Es imposible demostrar qué había ahí.

Lo primero era encontrar la llave. Cuando solo usaba una cartera era muy fácil. Ahí aparecía entre polvo y boronas. Ahora que a veces la cambio, tendría que cambiar de estrategia para no perderla. No perderla después de encontrarla. Porque si la pierdo ni siquiera sé el número de la cajita.

Pasé todo el fin de semana largo callada, recorriendo mi memoria, pensando dónde la había visto la última vez. Sí. En el mueble del cuarto. Pero dónde en el mueble del cuarto? la habría recogido y guardado? No, porque me acordaría de eso. Recordé que la había visto ahí de casualidad y cuando la vi, había sonreído. Pero no recordaba que había hecho con ella.

Domingo. Llovía y hacía calor a la vez en la tarde. Yo estaba sola. Me decidí a buscarla, porque si no la encontraba y me daba un ataque de ansiedad, me daba cólera, miedo o lloraba, nadie me vería.

La encontré rápido, en una cajita donde guardo collares de perlas falsas. La metí en la cartera

Anoche no dormí. Tal vez el calor. Tal vez el pálpito. Tuve pesadillas donde alguien que se decía mi amigo, pero de quien dudo, me traicionaba. Ni siquiera me extrañaba. Donde Pato y yo teníamos que superar pruebas juntos, como en Los Juegos del Hambre. Pesadillas, pues.

No repasé el juicio con el papel en mano porque buscando mi llave a punta de recordar, me obligué a recordar todos los detalles del juicio y de la estrategia.

Fui a nadar pesada. Nadé pesada. Como si me hubiera insolado la noche anterior.

El juicio, contra todo pronóstico, se concilió.

Entonces empecé a llamar al Banco Nacional. Una, dos, cinco veces. No logré hablar con un ser humano.

Sudando frío, decidí irme directo a oficinas centrales. Si eran malas noticias, que me dijeran de una vez. No podía seguir sufriendo y tenía tiempo.

El banco parecía una central de buses en el DF. La cantidad de gente era impresionante, en todas las cajas, en todas las filas. Ni pensar en ir a plataforma de servicios. Directo a las cajitas.

Tomé ficha sin saber cuánto iba a esperar. La mayoría venía a retirar un certificado. Yo, a ver qué tan idiota había sido, cuánto me costaría mi olvido, que no traje sombrilla, que si podría hacer un reclamo, si contaba o no si todo se había perdido porque la única responsable era yo.

Le expliqué al funcionario mi angustia, le di mi llave y la cédula. El bajó al sótano y cuando subió, yo esperaba la sentencia.

Su cajita está intacta. Y vea qué curioso: precisamente hoy, se vence. Si quiere puede ir a verla, o renunciar a ella y llevarse todo o renovarlo. No sé si se acuerda que tiene una cuenta con el Banco (por supuesto que no) pero tiene suficiente dinero para pagar la renovación. Qué quiere hacer?

Quiero darle un abrazo. Quiero irme a caminar por la avenida central de hace 30 años a ver ventanas, a comprarme un churro, a ver libros.

Le doy las gracias y me voy.

En el parqueo, el encargado me dice Muñeca. Se siente raro después de tantos años de no escucharlo.

Mi cajita está intacta.

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Gotitas de lluvia

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