Tengo 20 años de conocerla. Hace 3 nos unió mucho la muerte de Dani y la situación de vulnerabilidad y dolor desnudo que eso generó. El estar perdidos juntos, a la vez. También nos ha unido el amor por Pato. Y que yo, mal que bien, maduré.
Hace muchos años me contó de su experiencia con el golpe y varias veces lo ha contado de nuevo.
El domingo pasado, me contó cómo ella iba desde la escuela de arquitectura a la población 26 de julio, porque la población había hecho una toma de la escuela. Y que el día que se casó, llegó tarde y con el pelo mojado porque había pasado todo el día bajando papas y cebollas. Apenas le dio tiempo de bañarse y vestirse. O los días en las autopistas recogiendo Miguelitos para que no le reventaran las llantas a los camiones que distribuían comida.
“Era mirista yo”
En serio? Del MIR?
“Sí. Mirista”
No lo podía creer. Isabel no sabe el peso de lo que me dijo.
Lo primero que pensé fue en el peligro y en el riesgo y todo lo que vivieron los del MIR en los centros de tortura, los que llegaron a Costa Rica, los poquitos que sobrevivieron, lo que llevan en su memoria y su corazón. Los que no pudieron con el dolor y se quitaron la vida.
Isabel era Mirista
Eso era peligroso.
“Sí, yo sabía”
Me contó de cómo el director de la escuela, don René, era de derecha hasta que un día ella le pidió que la llevara a la población en el carro de él. Había un niño de 10 meses con neumonía. Don René decidió sin pensarlo llevarlo al Hospital. El bebé murió de camino. Don René se radicalizó ese día y se hizo Mirista también. Incluso tuvo que exiliarse en Francia por eso.
Le debí haber dicho, pero no pude.
De la enorme admiración y respeto que esta información generaba en mí.
De la dicha y el honor de conocerla tanto tiempo.
Del abrazo que le quería dar porque sé de cuántas muertes y desapariciones de gente cercana se debe haber enterado desde aquí.
De lo que el MIR ha significado para mí.
De la vez, hace muchos años, que tuvimos que enfrentar casi 30 juicios. Yo, sin experiencia en litigio y muy ansiosa, temblaba cada vez que había audiencia y me daba náuseas y diarrea. Y lo único que me sostenía era repetirme: El MIR no se exilia.
De Santiago de Chile, antes de conocer a Marce y yo yendo a la calle donde mataron a Miguel Enriquez y su promesa de apoyo a Allende. Yo en Villa Grimaldi, con una guía del MIR, yo en el acto de conmemoración del 11 de setiembre, pensando en el Baucha y tantos otros que dejaron el cuerpo ahí y resurgieron de la tierra como abejas. Los que se quedaron y resistieron y murieron porque: EL MIR no se exilia.
Del 2021 y el cáncer y la cirugía y la quimio y el miedo y aferrarme a las ganas de vivir, a la sonrisa y los besitos de Pato y repetirme: El MIR no se exilia.
De todas las veces que he tenido miedo, me he imaginado los peores escenarios, he querido salir corriendo, me invade la tristeza, me amargo, me enojo, me aislo, me disasocio: El MIR no se exilia. Es lo que me devuelve a mi centro de un solo golpe.
El MIR es mi contacto a tierra. El recuerdo de lo que es capaz la raza humana. Mi doble tracción. Mi inspiración. Mi forma de ser valiente.
Yo que le he dicho a Pato que Waweli es un héroe, no sabía que la Nonna también es una heroína.
Y la primera vez que regreso a Chile, con Dani y Marce chiquititos y bajaron el avión en Arica y se la llevaron para interrogarla dejando sus hijos en una banquita, ella, desde su metro cincuenta le plantó la cara a los milicos y les enseñó su pasaporte costarricense y exigió hablar con el consulado hasta que la dejaron en paz, unas horas después.
Iba a ver a su mamá, la abuela Berta. A las primas y a las amigas. Pero también fue a la población, porque nunca la llegó a ver terminada. Sonríe cuando me dice que aun había gente ahí que se acordaba de ella y que todos estaban muy agradecidos.
¿Cómo no?
Isabel era mirista.
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