Había trabajado como loca para esa campaña. Pasé horas al teléfono, organicé gente para todo el país, revisé expedientes que me dieron ganas de vomitar al enterarme de cosas que no hubiera querido enterarme nunca, fui de noche a reuniones de temas de partido, aprendí a hacer amparos electorales, defendí gente de gratis ante el TSE.
Tuve que estar en reuniones con gente que solo los había visto en los periódicos, y eran tan desagradables en vivo como en el papel.
Yo, que tengo severos problemas para decir que no, llegué a un momento en que pedí que me dejaran de presionar porque ya no daba. Ya no estaba durmiendo. Me broté de herpes zoster.
El día de las elecciones trabajé de 5 am a 11 pm, sin parar. Estuve en uno de los centros de control. Tuve que soportar que un gran señor circulara imágenes pornográficas en su teléfono para que todos los que estábamos ahí- yo era la única mujer- le rieran la gracia.
Estaba harta, intoxicada, agotada. Pero ganamos. O bueno, ganó el partido.
Yo hice todo lo que hice porque quería irme a Uruguay, a embarazarme y tener un hijo y dedicarme a la diplomacia y a criarlo. Y pensé que todo el trabajo que había hecho significaba que me iban a invitar al traspaso de poderes, en la sección de invitados especiales.
Ya estaba muy grande como para creer en Santos que orinan. Pero creía.
Pasé horas pensando en qué me iba a poner. Horas en encontrar el sombrero perfecto, porque sería al aire libre y yo recordaba que los 8 de mayo siempre hacía un sol inclemente. Escogí un sombrero Panamá precioso, sencillo, elegante. Ya me veía saludando a todo el mundo, contándoles de mis ganas de vivir en Montevideo, visitando Colonia, Santiago y Buenos Aires los fines de semana.
Mi abuela decía que hay cosas que le pasan a una por muerta de hambre. Por querés cagar para arriba del culo. Y tenía razón.
Cuando pregunté en mi inocencia por la invitación que aun no recibía, me preguntaron con extrañeza si de verdad quería ir a eso.
Cuando dije que sí, que era lo mínimo, considerando todo lo trabajado; me dijeron que iban a averiguar al respecto.
La respuesta fue que era un evento público al que puede ir cualquiera… si es que yo quería ir a eso tan aburrido, sin gracia y largo.
Para eso podía ir en jeans. O verlo por tele. U olvidarme de eso completamente.
Lo mismo pasó con mi puesto en Uruguay. Ni siquiera me lo ofrecieron.
Lo que hice nunca fue relevante. Apenas útil. No fue agradecido, era lo esperado. No se apreció mi trabajo, fui apenas una tuerca que se creyó martillo.
Pobre tonta.
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