Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

Aprender a vivir

desde la isla de

El año que cumplí 50, después de que terminara el encierro obligatorio, cuando ya teníamos las vacunas contra el Covid y había salido de la neblina química de la quimio: nos fuimos a Medellín.

Aun tengo los apuntes de lo que nunca escribí. De la dulzura de su acento, de su idiosincrasia, de siempre buscar un cómo, del paisa que no se vara; de la impresión de ver tanto dinero en una ciudad “rural”; de la delicia de la bandeja paisa y las empanadas; del susto cuando una moto y un carro pararon en una esquina y el de la moto empezó a reclamar diciendo pirobo triplehijueputa y yo solo acaté a ponerme a Pato atrás porque pensé que se iban a matar a balazos; del machismo evidente y sin disimulo, de esos hombres machos, anticuados, de plata y bala.

No conté de los fantasmas que después de 5 horas en el bus del tour en el área de la piscina, intacta desde la época del patrón; del museo impresionante para niños, el Explora; o de cómo en uno de los parques existen espacios para caminar descalzos y volver al contacto con la tierra y al restregarse las hojas de los árboles de calistemo blanco en las manos, huelen a Manzana Postobón.

Hicimos un tour a la Comuna 13. Históricamente un barrio pobrísimo y conflictivo en las laderas de Medellín, había sido el semillero de los sicarios de Escobar y el beneficiario de sus generosas donaciones, territorio de paramilitares y del ejército, y botadero de cuerpos de los muchachos no identificados.

Fue hasta que obtuvieron una donación del Japón e instalaron escaleras eléctricas que la comuna dio un vuelco. Se convirtieron en una comunidad artística y segura, llena de murales, talleres de baile, poesías, coplas, canto, manualidades y tours por las famosas escaleras, de los que se encargan solo las mujeres de la comunidad.  Nadie de afuera.

La guía nos trataba de “Mor” y nos contaba la historia del barrio y la de ella. En una de las intervenciones de los paramiltares, siendo ella una adolescente, la violaron. Nadie hubiera dicho que detrás de ese carisma y ese empuje y esas ganas había una chiquilla violada.

Antes de poder decirle nada, ella misma dijo que se levantó, se sacudió la tierra y siguió adelante con su vida; porque ni la pobreza ni la necesidad esperan y tenía que seguir haciendo cosas y había quedado viva. En el fondo de la violencia que veían pasar a diario, lo que le pasó no era nada. Vivió para ver a su comunidad cambiar por completo. “No tuvimos infancia, adolescencia, vida… pero ahora lo tenemos todo”

Pienso en ella a menudo.

Hace unos días vi un video donde un rabino de AI explicaba la forma en la que el judaísmo aborda el sufrimiento, partiendo de que en todas las vidas humanas se sufrirá en algún momento.

Evitan el quedarse preso del “porqué a mí”, porque te sienta en la silla del victimismo, porque es una pregunta que usualmente no tiene respuesta, porque te hunde y te encadena a lo que te pasó, reviviendo el dolor y la experiencia traumática con cada repetición de la pregunta.

Procuran, más bien, preguntarse  “y ahora qué hago?”, porque coloca al cerebro en modo de buscar acción, de moverse lejos de ese dolor, de empezar a hacer algo, porque genera respuestas y te mantiene ocupado.

La capacidad de escoger la pregunta no habla de la calidad humana de quien tiene que hacer la escogencia. No es un tema de valentía. A veces el sufrimiento no permite el sufrimiento, simplemente te trauma.

Pero a veces cambia las vidas. Yo venía saliendo del diagnóstico de un cáncer estomacal T4. Cuando me dijeron que tenía cáncer solo pedí que no me dejaran sufrir y que me prometieran hacerse cargo de Pato. Desde el punto de vista físico, mi tratamiento fue más bien noble. A nivel emocional fue una tormenta devastadora, con una sensación de estar corriendo por mi vida sin saber si de verdad mi voluntad de vivir serviría de algo.

Días antes del diagnóstico, había terminado de leer El Hombre en busca de sentido, del psiquiatra austríaco Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración. Al escuchar la voz monótona de la inteligencia artificial, supe que Frankl había sido educado en ese concepto preguntarse ahora qué hago y lo expresó como quien tiene un porqué, tiene un cómo.

Luego leí La Bailarina de Auschwitz, una línea similar, y después me enteré que era lógico. La querida Dra Egger, su autora, fue discípula del dr Frankl.

Gracias a esos dos libros, mi transcurrir por el infierno fue distinto. En las noches, me pasaba a la cama de Pato y llorando, abrazaba a mi porqué y le pedía al Universo que él nunca pasara por tanta angustia.

Tal vez eso era lo que mi abuela me quería decir cuando me gritaba exasperada que yo tenía que aprender a vivir. Sé mucho de mi abuela, pero no de la mujer que fue. Sé que pasó hambre, migración, pobreza, maternidad sola, discriminación. Y de todo eso se levantó. Tal vez no entendía cómo yo, con todos los privilegios, parecía tan llena de problemas, con miedo a todo, introvertida y callada. 

Vivir era, para ella, tomar decisiones de qué hago ahora tan pronto se podía reincorporar de cada golpe que la tiró al piso.

Como en muchas otras cosas, tenía razón ella.

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