Aunque ya pasé la raya de los 5 años después del cáncer, es cierto que tengo limitaciones importantes, por ejemplo con la comida. Puede estar deliciosa, que si me cae mal, tengo que recostarme un rato hasta que se me pase ese efecto. O puede pasar que de repente, sin aviso, me lleno y no puedo comer más, aunque quiera. O tal vez solo estoy vieja y acostumbrada a la comida de mi casa.
La comida de la mamá de Adris y de Adri es la única que no me cayó mal. Comí con ganas, todo lo que pude. En particular la sopita espantapenas de Mamayí me recordó momentos o tristezas que pasamos y que superamos juntas Hay amores que ni con el mar. Tampoco ni con el Cerro de la Muerte en medio.
San Gerardo de Dota se llama así porque lo escogió la esposa de uno de los fundadores del pueblo, por ser San Gerardo el santo patrón de las mujeres mamás y de sus hijos.
Son apenas 220 personas. Me puse a hacer mate muy rudimentaria: llegaron 2 hermanos con sus esposas. Cada uno tuvo 11 hijos, todos vivos. No sé si todos seguirán viviendo ahí. Al menos eso parece. Me recuerda los cuentos de San Cristóbal, donde se dice que todos son versiones levemente distintas entre sí de don Pepe.
Me pongo a pensar cómo se vive en un lugar donde todos se conocen. Cómo son las intrigas y los pleitos, si los hay, o si la prioridad es la sobrevivencia. Cómo hace el diferente, el raro, el que no se haya. Cómo son las dinámicas.
Nadie se muere en San Gerardo. No hay cementerio. Asumo que a los que se mueren los entierran en la montaña y que ellos mismos dejan las instrucciones. Sí es cierto que vivir ahí debe ser mucho más sano que cualquier otro lugar. Tampoco hay cantina.
Adris me explicó que en esos pueblos, nadie se queda atrás. A todos les va bien. Todos buscan cómo apoyarse entre todos.
Un golpe de realidad y de humildad, tan lejos del mundo corp de la GAM. Otra forma de vivir, de ver el mundo, de surgir, de trabajar.
Creo que mis vacaciones ideales siguen siendo de conocer ciudades con historia, recorrer mercados y museos, ir al teatro, que me cuenten leyendas y creencias, ver personas de todas partes del mundo, culturas diferentes. Y, sin embargo, hoy cuando empezamos a meter las cosas al carro, pensé en que extrañaría ver la montaña así, iluminada apenas por el sol, sentir a los pajaritos volando aunque no los pueda ver, el frío, el viento y el silencio.
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