Esencial Costa Rica
Parte de la estrategia para no quedarnos en la habitación viéndonos las caras, era apuntarse a todos los tours posibles. Además, no hay tele. Hoy tocaba el day tour.
Prometía un recorrido por la reserva privada en carros tipo safari. Ibamos tantos que tuvieron que poner 3 carros. Son, en realidad, pickups modificados: techan atrás y les ponen dos bancas.
En el carro nuestro iba ese tipo de familia. El tío de panza birrera, chanclas, panta y camiseta… para caminatas en el bosque donde nos habían advertido que lleváramos bloqueador, repelente y ropa adecuada. Con él, la que parecía la segunda esposa, mucho más joven. Tres chiquitas- sus sobrinas- una de lila y peluche, otra de Pink y peluche y la mayor de celular que no soltó nunca. La mamá llegó detrás de ellas, cargando las capas de todos, como suelen hacer las mamás. Una chavala joven de cara afilada que me recordó a una avispa. El papá de las chiquitas, que llegó tarde, un papá de cuerpo presente, pero de alma evidentemente ausente. De anteojos oscuros, no dijo ni una sola palabra. Y el abuelo, con solo un ojo bueno y el otro bloqueado por las cataratas. Seguro no tenían con quién dejarlo y lo andaban jalando por todo lado. Se veía bastante desorientado.
Cuando empezamos a subir el camino de lastre y el carro se movía como la Tagada, me di cuenta que ayer me chollé con la montura de la querida Mariposa, porque con cada brinco, me arrepentía de haberla conocido y ardía del colerón de pensar cómo esa yegua hizo conmigo lo que me dio la gana, porque me daba miedo aplicar mano dura.
Pato, mientras tanto, trataba de hacer amistad con las chiquitas, haciendo comentarios para que lo incluyeran en la conversación, opinando que él preferiría no encontrarse a un puma, aunque ellas querían verlo porque de fijo es todo cosi. Sacaba los binoculares y se los ponía al revés. Comentaba de cuándo faltaba para llegar, aunque no tenía idea. Es curioso y fascinante ver a un extrovertido en su hábitat.
La subida es casi vertical. Pero allá iban además varios gringos subiendo a pie, con calma, disfrutando la experiencia. A mí ni siquiera me dio pena.
Para el primer sendero, nos recomendaron irnos a pata pelada, por 320 metros de sendero y lluvia helada, para practicar el grounding y sus beneficios. Tengo que admitir que cuando el guía empezó a decir grounding, earthing enrazamiento o contacto a tierra, pensé que nos llevó puta porque entendí que nos estaba advirtiendo qué hacer si empezaban a caer rayos y si eso pasaba, no habría instrucción que evitaría que termináramos hechos pinchos de carne de puesto de Zapote.
Se supone que esta técnica japonesa de contacto directo pata-piso, baja el cortisol y el estrés, pero con cada paso, cada piedrita, cada vez que me hundí en el barro, lo que me dio fue una sensación milenaria de una pobreza hijueputa y el miedo a una nigua, un gusano o cualquier cosa viva entrara en contacto directo con mis patitas. La ventaja: me ahorré el masaje reiki y del shock térmico, si tenía yuyos y hongos, se murieron todos.
Llegamos al mirador. Nos lavamos los pies en una pila de agua helada. Era mentira que había agua caliente y mentira que habría toallas. Si no hubiera habido una pared impenetrable de nubes y lluvia, podríamos haber visto a Santa María de Dota, pero hubo que imaginársela.
Supimos de la historia de la finca, de la reserva, de la mujer que parió 11 hijos en esta remotidad y todos quedaron vivos, de cómo subían productos lecheros a caballo por ese camino de suicidas y bajaban productos. Mencionaron a don Pepe y una amistad de años y solo por eso, me fui a comprar el libro del señor que fundó esta finca y este pueblo. Ese chisme perico no le pierdo.
También nos hablaron del primer gringo que llegó y vio un quetzal y empezó a joder diciendo que sembraran aguacatillo, que es lo que come el pajarito y regó la voz de este paraíso perdido. Hoy el turismo es el ingreso más importante del cantón. El río Savegre es uno de los más limpios de Centroamérica. Aquí hay una sede de una universidad gringa y reciben estudiantes a cada rato.
Había opciones de senderos. El más largo nos llevaba a un roble milenario, que uno puede abrazar para graduarse de hippie y recibir el beneficio de las fitoncidas, una aromaterapia natural new age que liberan los árboles cuando uno se pone a hacer esos ridículos.
La familia del tío de panza birrera, que habían llegado empapados y llenos de barro, rogaron que se los llevaran en carro de vuelta. Debe haber sido el tour más corto y la embarcada más cara de sus vidas.
Nosotros optamos por un sendero más corto, el de la Quebrada y el guía nos dijo que cerca del primer puente anida un quetzal. Casi nos da tortículis buscándolo entre las copas de los árboles. Por supuesto no vimos nada, pero apenas cruzamos el puente y dejamos el lugar atrás, lo escuchamos cantando.
Ya en el camino principal, venía una pareja joven con super poderes. Descubrían todos los pajaritos que había en el camino, nos los enseñaban y nos decían el nombre. A algunos los había visto en las fotos ampliadas que hay por todo el hotel. Así que apretamos para poder seguirlo de cerca y no irnos en blanco.
Estoy segura que nuestra ignorancia de la biología local y este escepticismo al ejercicio de la chancletudismo moderno, nos está limitando la experiencia.
Cuando finalmente llegamos a la recepción, casi hago las del Papa: hincarme a besar el cemento.
El almuerzo venía incluido y apenas me senté, me empezaron a temblar las piernas. Al menos el postre era una tacita apenas para un comemaíz pero de arroz con leche y cuando llegara a la habitación, montaría barricadas en el baño, para meterme un buen rato en agua hirviendo y recuperarme de tanto destino turístico.
A Pato le expliqué clarito que no se confundiera: a mí no me gusta el matorral, el sudor, el ejercicio, los nichos zumbándome a milímetros de la oreja o esa sensación de estar perdida en este infierno verde. Pero lo hago por él, porque ayer me enseñó mucho con el episodio de tengo muchísimo miedo al caballo para concluir siendo el mejor amigo de Estrellita y pidiendo que lo mande con Rafa, el de los caballos, durante las vacaciones de fin de año.
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