Desde que aprendí a leer, el mundo se acababa más o menos cada dos semanas.
Cada dos semana yo tenía lo que hoy sé que era un ataque de ansiedad, en absoluto silencio. El terror me enmudecía, pero por dentro, los gritos no paraban.
Me angustiaba el fin per se, pero más aun el juicio final. ¿Cómo iba a encontrar a mi abuela entre tanta gente? ¿Qué pasaría si a ella y a mí nos mandaban a lados distintos? ¿Cómo hacer para no soltarle nunca la mano?
Falta una hora y veinte minutos, en hora local, GMT-6, para que se venza el ultimátum más reciente para Irán.
Si hoy fuese de verdad el último día de mi vida o de la vida como la conocemos, quisiera haberla pasado como la estoy pasando, en mandados con mi familia, yendo a cortarnos el pelo, llevando a Pato a clases, almorzando juntos, yendo al super, planeando vacaciones de julio en la playa todo incluido, y, esas cosas cotidianas.
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