Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

La violencia

… del dolor de Frida Kahlo en su encierro azul de ventanales y jardines, en su cocina de leña prehispánica, en su cuarto con un aparador lleno de miniaturas y un perro dormido de cerámica. Su dolor de espalda, que la traspasaba y la obligaban a confiar: “pies pa que los quiero cuando tengo alas” y ese otro dolor, el reflejado en el reloj de cerámica donde pinto a mano “se rompieron las horas” del día que descubrió, la primera de muchas, que Diego era, al fin y al cabo, un hombre de la época en que los hombres, sin importar su grandeza, veían su matrimonio y la fidelidad como una simple ocurrencia.

… del chile en mi paladar. Pica cuando entra la primera vez y sigue picando. Pica distinto dependiendo del color. Pica en todo, pero a usted le debe picar poquito, me dicen, porque esa comida para turistas. En los puestitos de la calle, pica en serio. Yo sigo y pruebo de todo. Aunque me pique.

… de la condición de mujer. Porque solo en el cine mexicano de blanco y negro, una mujer engañada y maltratada le dice a un machista “canalla, marrano, cobarde” y no termina con un ojo morado. En la vida, real, en la hora pico, en el metro hay vagones solo para mujeres y niños menores de once años. Nos separan en el andén con barreras y policías. Nos vigilan con cámaras. Pregunto y me dicen que eso se tuvo que hacer porque entre el gentío, se dieron muchos casos de abuso sexual y todas las víctimas, fueron, por supuesto, mujeres. Es como si la violencia del hombre blanco que forzó el mestizaje se hubiera quedado marcada por generaciones.

… del holocausto azteca. Una bruja en Coyoacán, que cree en energías modernas y en dioses antes de Cortés, por 36 pesos, me dice que mi nombre en nahuatl hubiera sido Matlactli Huan Yei Cozca-Cuauhtli: el Águila de Collar, Nacida el día 6 del año 12 del pedernal del calendario azteca, protegida durante el día por Clhuacoatl, la Mujer serpiente de la falda de las estrellas, por la noche, por Chalchouhtlicue, la de la falda de jade. El ave de mi Tonaltecuhltl es el Loro y mi dios patrón, Itzpapalotl, la mariposa de obsidiana.

… de la lucha libre. Hombres adultos con sus caras cubiertas por máscaras, en el ring y entre el público. El Fantasma, de traje entero y corbata y su máscara morada, indio moreno los ojos y la boca, perturbadoramente extraño, dirigiendo desde primera fila el encuentro, al lado de una mujer rubia y enjoyada. Del público que se levanta y grita culeros, putos, por pendejo, chinga tu madre, dame una cerveza doble, que se emociona y reacciona y yo no sé si tanto golpe y costalazo es en serio.

Son cuatro horas de cuerdas, manazos que dejan marcas rojas en los pechos, máscaras, caídas, rock pesado, hombres adultos estableciendo lazos con sus hijos pequeños, también enmascarados con imitaciones baratas, subiéndolos a los hombros, enseñándoles lealtades al ritmo del tambor de la porra ruda de Tepito. Una mujer del público besa con hambre al hombre enmascarado que tiene al lado. Yo me imagino cosas. Como que más tarde le dirá o le dirá sin decirle que sí y le pedirá que se deje puesta la máscara.

Y luego El Hijo del Santo, plateado de capa roja. Atacado por sus contrincantes, dos al mismo tiempo: el Angel y el Hijo del Solitario. Lo patean, le hacen trampa. Es lo que le hacen los rudos a los técnicos: sabotearlos, porque pelean sin reglas. Y es que ¿Qué sería de uno si usara las mismas tácticas que el enemigo? Se convertiría en algo peor que ellos.

El Santo es el mismo de siempre, el mismo de las momias a Guanajuato aunque sea mortalmente otro. Y se trae abajo al Gimnasio Olímpico que no para de corear “Santo! Santo! Santo!“. Un productor televisivo se come las uñas a mi lado. Comenta, preocupado, que el Santo tiene una lesión en la cintura, que lo vio el médico, que por eso perdió la primera pelea.

Y entonces yo me la creo y me levanto y veo mejor que todos por encima del montón de chaparros y lo veo recuperarse, levantar la espalda del ring antes de la tercera palmada, sacar al Angel del Ring y tirarse en Angelito, hacer llaves impresionantes. Yo también grito “Santo! Santo! Santo!” y me emociono, como una chiquita cuando 20 minutos después lo decretan ganador. Se queda con su máscara. El Angel, en cambio, después de 23 años de pelear la pierde y solo permite que su hijito, también enmascarado, de unos 8 años, la suelte por detrás y se la quite. Sale pateando sillas de la rabia.

El Santo se sube a la tercera cuerda del ring de la esquina que me queda justo de frente y sube los brazos en triunfo y sonríe. Nos dedica su victoria a nosotros, a la raza. Atrás explota en delirio un cañón repleto de miles de papelitos plateados y llueve multicolor en el gimnasio olímpico “Santo! Santo! Santo!”

El Villano, el Negro, Misterio, el Atlético, el Pirata Morgan, la Máscara del 2000, el Dr. Warner, la Máscara sagrada, el Angel, el Hijo del Solitario, el Hijo del Santo. Sus cuerpos de toro.

Yo, descubriendo raíces. Es apenas el día dos y ya me siento un poquito más mexicana. Más morena. Más raza.

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3 gotas de lluvia en “La violencia”

  1. Caro dice:

    La lucha libre es de mis espectáculos favoritos. ¿Era El Negro Casas? Mi favorito… junto al Black Warrior… nunca pude decidirme entre los rudos y los técnicos. Tengo favoritos en ambos bandos.

  2. solentiname dice:

    No Caro, era el Negro Navarro. Para mí, toda una nueva experiencia. Impactante

  3. Beto dice:

    Para entender a México hay que entender a la lucha libre. Eso fue lo que aprendí de mi estadía allá hace diez años. Me maravilló toda la iconografía y ver lo inseparable que es la lucha libre de la identidad mexicana. Rudos contra técnicos, máscara contra cabellera, todo a dos caídas de tres. Entender por qué El Santo en vida se llamó Roberto Guzmán y el Hijo del Santo seguirá siendo el Hijo del Santo, al que nunca conoceremos sin máscara porque se ganó ese derecho.

    Creo que fue en México donde terminé de adoptar al chile en mi vida. Si sobreviví meses ahí fue porque logré hacer las paces con los diez mil tipos diferentes de chile que hay. Pero cada vez que me acuerdo me entra una nostalgia de una buena torta como sólo allá se ven. 😀

Y vos, ¿qué pensás?