Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

Valdivia

En la mañana, nos vamos caminando por la costanera, a la orilla del río, hasta llegar a la Feria Fluvial, donde hay todo tipo de frutas y mariscos que nunca he visto y de los que mantengo una respetuosa distancia. Nombres como choros, picorocos, maltones, machas, erizos, cochayuyos, jaibas, navajas y cholgas aun no me suenan a manjar y su olor, ya cocidos, es demasiado penetrante. El estómago se me rebela con el solo tufito de las cocinas de los restaurantes del mercado, donde se come un salmón completo, a la plancha, con ensalada y puré, más “bebida”, 2500 colones.-

Yo aprovecho las frutas y el desayuno de ayuyas (pan redondo y sabroso) con mantequilla, queso artesanal de sur, jaela y mantequilla, lo complemento con un kilo de frambuesas o cerezas. Aquí vine a aprender que hay varios tipos de cereza, la rojita con amarillo, que sabe como a ciruela madura enana, se llama corazón de paloma. hay otras casi negras, muy dulces, otras color morado obispo y finalmente las guindas, rojas encendidas, pequeñitas pero demasiado ácidas para mi gusto. Las frambuesas de hoy me las dieron en bolsa, no me las comí a tiempo y recorriendo los tres pisos del mercado, quedaron hechas jugo.

El lado de la feria que da directo al río, tiene muelles pequeños para los caseros chineados: los leones de mar, que se suben a tomar el sol y a atrapar los pedazos de pescado que les tiran los puesteros. Las gaviotas aletean por ahí a ver si logran hacerse de una sobra. No es raro ver esos leones salir directo a la acera de la costanera, y posar con todo orgullo al lado de la señal de tránsito que advierte que hay que tener cuidado con ellos porque no son animales domésticos.

Sin proponérnoslo, Valdivia fue el viaje de shopin. Llevamos latas de mariscos, chocolates de la zona, famosos en todo el país y dos ponchos. Uno es de huaso auténtico con todo y cinturón rojo. Lo conseguimos en una tiendita de una calle perdida atendida por una abuelita: La Ruca Indiana. La tienda estaba a oscuras porque estaban cambiando un cable por donde las Monjitas. La dueña de la tienda me convenció con su honestidad, al decirme que los aretes tenían poca plata, al contarme de la tira tejida que usan los chamanes mapuches, los loncos, en la cabeza. Me explicó de la platería mapuche y de todos sus significados.Me dejó revisar todas las esquinas. Me dejó una sensación como de magia.

En el mercado lleno de recuerditos idénticos, destaca la tienda-taller “De nosotros”, hippie y alternativa a todo mecate. El dueño es originalmente de Isla Negra y nos cuenta que la hecha mucho de menos. Le pregunto sobre unos aparatitos que se llaman matacolas. Me explica que es para fumar algo que ya es muy chico sin quemarse los dedos. Quiere saber cómo se llama eso en Costa Rica y yo me declaro ignorante. En cambio, cuando pregunta si es cierto que desde una montaña en los días claros se ven ambos oceános, me explayo en imaginarias descripciones geográficas, para quedar a mano, por lo menos.

En la calle Esmeralda, está el mejor restaurante en que he comido en mucho tiempo.Se llama New Orleans y se dedican al gumbo cookin’, aquí, tan lejos de las tierras del Dixie. Yo que soy un dolor para comer y que no disfruto para nada el acto de la comida, me comí completo mi filete de congrio con salsa de alcaparras y las mejores papas fritas del mundo. Nos dieron como 3 entradas a cargo de la casa. Nos trataron como reyes y nos cobraron super barato. De chuparse los dedos y merecedores absolutos del famoso cliché de “My compliments to the chef!”

Recorrimos todos los kioskos de periódicos. Consigo la película de la vida de Miguel Enríquez, hecha por su última esposa. Nos montamos en los mini buses que recorren la ciudad completa. Pasamos al Café Haussman, donde venden cereza Kunstman, la cerveza valdiviana y comemos küchen, de frambuesa, por supuesto.

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5 gotas de lluvia en “Valdivia”

  1. itzpapalotl dice:

    Hay una sopa espectacular hecha de todas las criaturas de la tierra ,el mar y el aire… pero jamás me aprendí el nombre.
    Y hablando de nombres, en mi familia se llaman “matadoras” o en raras ocasiones, “tocoleras”.

  2. Solentiname dice:

    Itz, la versión del sur de chile de eso se llama “curanto”. Se cocina en un hueco en la tierra donde previamente se ha quemado madera hasta que queden las brasas y en efecto lleva de todo lo que uno se pueda imaginar. Sin embargo, es más como una cazuela (como carne en vaho) que una sopa. Mi suegro asegura que es deliciosa. Yo, respetuosamente distante.

  3. Tugo dice:

    Que rico! y yo acá justo comiendome unos palitos de queso!. El Curanto es riquísimo y no solo las brasas quedan tienen que ponerle como piedras redondas y lo cubren con hojas, claro no me imagino de qué, pero sí se hiciera en CR serían hojas de plátano.
    (hasta que babeo!!!)

  4. Maria dice:

    Sole entrale al curanto con una buena copa de Don Melchor, aunque sea para el olor ya que vos no tomas¡

    Que sigas pasandolo bien, Chile siempre ha sido de mis países favoritos. Disfruta su música en las peñas¡

  5. itzpapalotl dice:

    Eso es!! Curanto. Delicioso.

Y vos, ¿qué pensás?