Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

Día 14

Siete días más en la cuenta para un total de catorce. Estos siete días me atacó la tristeza. No como la de antes, no. Esta ha sido más inexplicable, más callada, más irracional. He querido llorar a cada rato y me siento muy, muy sola.

Tal vez empezó porque el sábado tuve el inicio de un ataque de ansiedad cuando me dolía el brazo que me había lesionado y no encontraba por ninguna parte mi aparato de masaje eléctrico. Para cuando me di cuenta, estaba respirando de forma agitada, a punto de ponerme a llorar por algo sin importancia, un aparato. Cuando Marcelo apareció le pedí, entrecortada por la respiración agitada, que me ayudara a encontrarlo porque me estaba poniendo mal. Apareció muy rápido y me calmé. Por un rato.

Un par de horas después, un imbécil casi nos choca de lado en la rotonda de San Pedro, de nuevo, el pánico, la respiración, la taquicardia. No tengo miedo, de verdad que no, pero me da tristeza sentirme tan vulnerable de nuevo a la ansiedad. Tristeza y mucha vergüenza.

Tal vez fue la amenaza del regreso del insomnio, dos veces esta semana. Un miércoles despierta desde las tres y media de la mañana. Al día siguiente, desde las cuatro.

He pasado sola esta semana, sin perrito que despulgar, sin Marcelo a quien contarle mis ocurrencias. Los dos de viaje, cada uno en lo suyo y yo con más tiempo para pensar y recordar cómo era mi vida cuando todos los días eran así, yo hablando conmigo en la cabeza, haciendo sopa para uno, apagando la luz, durmiendo sola, levantándome callada, pasando días enteros sin abrir la puerta. Prefiero, por mucho, mi vida de ahora pero este semana, cuando pienso en ese mantra de la sobrevivencia, de repente lo que me da es tristeza en lugar de fuerzas.

Tal vez que es me pongo a pensar que ya han pasado dos semanas. Falta una para que lleguen los resultados genéticos si es que no se atrasan. Me preocupa que pase el tiempo, porque sé que el tiempo agrava. Con cada día, me pregunto si seguirán iguales o peores. Me preocupa que las cosas se lleguen a atrasar tanto que pasen de repente tres meses y más bien tenga que repetir primero la mamografía y llevarme una mala noticia.

Mi dieta ha funcionado. No paso hambres, pero se me han quitado las ganas y el gusto por mis favoritos de papas fritas, platanitos y chocolates. Casi no tolero la Coca Cola. No se me revuelve el estómago al nadar, estoy más estable. No me conozco. Pero se han ido casi 4 libras de grasa en tres semanas. La nutricionista me cuenta que ella sobrevivió a un cáncer y se le quiebra la voz cuando me dice que lo peor de todo, más que la parte emocional, fue la quimioterapia y que soy muy afortunada por no tener que pasar por eso y que ojalá nunca me toque escuchar a un médico decirme que no hay más opción que eso.

He tratado de oír al cuerpo y de eso escribiré post aparte, pero lo que hace una semana me parecía un descubrimiento maravilloso ahora me pesa porque siento que el cuerpo no me escucha a mí. Es más, quisiera que el cuerpo me oyera a mí cuando lo acuso de traicionarme con  cosas como esta. Sí. No es un cáncer todavía. No puedo ser malagradecida. Tengo solución a la mano y gente que me cuida. Entonces ¿de dónde viene tanta lágrima?

Bubele trata de darle seguimiento a mi ánimo y me pregunta cómo me siento psicológicamente. Le digo la verdad sin disimularlo y le reclamo que me tiene a punta de internet, sin llamadas, sin vernos. Recapacita, dentro de sus capacidades tan limitadas para eso de darse a los amigos, y me pasa el link de una canción que me suena linda al principio y se lo digo y me dice que se alegra que por lo menos me saque una sonrisa. Luego me explica que se trata del atentado de Atocha y busco información al respecto y es cierto y no solo eso: se basa en los apuntes que encontraron en un diario de una de las víctimas. La oigo de nuevo y reconozco esa sensación terrible de la inseguridad y del no soy suficiente para vos:

Si fuera más guapa y un poco más lista
Si fuera especial, si fuera de revista
Tendría el valor de cruzar el vagón
Y preguntarte quién eres.

Te sientas en frente y ni te imaginas
Que llevo por ti mi falta más bonita.
Y al verte lanzar un bostezo al cristal
Se inundan mis pupilas.

De pronto me miras, te miro y suspiras
Yo cierro los ojos, tú apartas la vista
Apenas respiro me hago pequeñita
Y me pongo a temblar

Y cambia todo. Ya no solo suena bonita, ahora además me rompe el corazón otra vez y se lo digo “Ya podés estar contento. Anotate en la lista que otra vez me hiciste llorar. Total, ¿qué le hace una raya más al Tigre?”.  “Noooooo…”  me contesta. ¿Qué importa? Desde el martes la escucho todos los días, varias veces y quiero comprarme ese disco.

Ayer estuve en la oficina del Patán toda la tarde, en reuniones y luego haciendo tiempo antes de irme a la piscina. En algún momento llegué a la oficina de él a despedirme y me dijo que yo debería trabajar ahí con él siempre. Le dije que él era tan riña, que sería capaz de cobrarme alquiler, pero fue para no ponerme a llorar, como con todo en estos días. Al día siguiente se iba a Brasil un mes. Me despedí como si fuera cualquier otro día.

Ya en el carro, me puse a pensar qué pasaría si esa fuera la última vez que lo veo. Que es posible que me operen mientras él no está y que cuando él regrese, yo ya voy a ser otra. Que no me va a llamar mientras esté en el hospital, que no estará pendiente. Traté de razonar conmigo “¿Y qué si no lo ves nunca más? Si te pasa algo no te vas a dar ni cuenta”. Cierto. Pero me doy cuenta hoy. Y me duele y me duele mucho y se me hace un nudo en la garganta y quiero parar el carro en una orilla de circunvalación y llorar sin que nadie me diga nada y otra vez me acuerdo que tengo que estar ecuánime, que no hay motivo para estar triste y no puedo. No puedo.

Reconozco mi incapacidad para lidiar con esto, sea lo que sea esto, y recuerdo la sentencia de mi abuela “Toda rodilla se doblará” y la doblo, mentalmente y la invoco a ella y a Alejandro. Y debe ser el calor, la preocupación, la imaginación o todo junto, pero de repente me parece ver a los dos viniendo hacia mí como en un portal de esos de la tele que se abren a otras dimensiones y la impresión de ver a Alejandro tan cerca, tan claro, tan vivo, me recuerda de las lagunas mentales al manejar y me digo una y otra vez que ponga atención y deje de estar pensando estupideces.

Pero Mimí se queda y está ahí, al lado mío, en el asiento del pasajero y no es un sueño ni un espejismo. Tiene esa calma valiente y resignada de cuanto le tocaba enfrentar algo muy duro a ella o a mí y sabía que era mejor estar tranquilo que angustiado. No sonríe pero me da la mano y sé que estamos juntas en lo que sea que esté por venir.  La veo con una precisión única, en cada arruga, en cada cana, en las arrugas que se le hacen en la enagua del vestido que usa. Reconozco el olor a tortillas palmeadas y al perfume que usaba, las manos recién lavadas, el sub olor del producto que se ponía en el pelo para que no se le cayera, su olor natural debajo de todo eso.  Es mi abuela, la del último año que estuvo conmigo, ya un poco delgada, un poco vieja, cuando sabía sin saber que no quedaba mucho.

Quiero decirle que se vaya, que no hace falta que esté conmigo, que con ese recuerdo basta, pero se queda. Se queda callada viendo hacia el frente y por ratos voltea a verme, muy seria, diciéndome, sin decirme, que ella sabe bien que es una mierda pero que no queda más, qué vas hacer. Mi Mimí que era la esencia del drama, que lloraba con facilidad, que me decía cómo los días grises le daban ganas de llorar, me mostraba cómo se veía la valentía en una mujer: sin esfuerzo, sin miedo de mostrar miedo, sin temblar, sin ansiedad: del huracán, el centro. Y yo me tranquilizo como cuando estaba chiquita y solo sentirla cerca era suficiente para sentirme protegida.

Anoche pude llorar un buen rato, así, egoístamente, sin motivo ni razones, tal vez porque necesitaba llorarlo y sacarlo de adentro y funcionó.

Tendría además que ser justa: mi pájaro de pecho amarillo, que me sigue a todas partes, que ha regresado a la piscina, además se convierte en seres humanos, como los cisnes del lago encantado. La amiga-hermana que me lleva al teatro y me maravilla con las reflexiones sobre lo que es ese arte y nos reímos juntas con obras escritas hace más de 500 años. Mi protegido-niño y la mujer que ama y que lo ama, que aparecen una noche con un montón de empanadas argentinas y nos tomamos un té contando historias tontas. Mi amigo de la U que me saluda todos los días por chat y me dice, como mi marido en el Mercat de la Boquería, “¡Guapa!”, mi hermana enviándome mensajes constantes preguntando cómo me siento y recordándome que ella me quiere mucho, algo que nunca nos hemos dicho en voz alta, por culpa de los traumas. El Patán, llamándome del aeropuerto y quedándose en línea hasta que oigo la grabación del avión diciéndoles que apaguen ya los aparatos electrónicos. Desde mi Chilito adorado, en medio del frío del invierno y las montañas nevadas, mi mejor amigo, pendiente vía skype, jodiendo, enviando chistes, preguntando.

Y sin embargo, a pesar de tanto amor y tanto cariño, y esa solidaridad que casi se toca, esta semana me siento un poco como el adicto, que teniendo la opción de la vida opta por lo que le hace daño. Tengo las mejores frutas pero quiero comer los chirulitos y me fijo más en aquellos de los que esperaba un poco más y por los que me siento en total abandono, sin darme cuenta que ellos no están haciendo nada distinto. Así han sido siempre. No es ni el mundial, ni la sele. Es que me recuerden que no soy importante, que soy la última de sus prioridades, que ni siquiera me tienen en el radar, a mí, que pensaba que alguna vez nos quisimos tanto. Es que yo estoy más sensible y lo resiento.

El lunes tengo un segundo examen y luego, las citas de la cirugía. Ya está cada vez más cerca.

Uno de los primeros libros que tuve era de vocabulario ilustrado por Disney. Para el mes de junio, aparecía Tigger contento, brincando sobre su cola en un día lleno de sol. Junio era yo y Tigger, zopetas, atolondrado, despistado, ingenuo, feliz, brincador, también. Así desde cuando Alejandro me enseñó a leer.

Mañana cumplo años. Cuarenta y dos para ser exactos. Y es la primera vez que no me siento infantilmente contenta.

Despiertame, cuando pase el temblor. Por favor. Cuando pase.

Google+TwitterPinterestFacebook

2 gotas de lluvia en “Día 14”

  1. Paula dice:

    Siempre te leo, siempre te he leído… Me encanta como escribís y me impresiona demasiado esto que estás pasando. Porque la idea de vos que tengo es no sé, eterna, fuerte, saludable. Lo que escribís me trae de golpe a la realidad y me duele. No quisiera que te pase nada malo y en algún lugar de mi corazón tengo la fe de que este temblor pasará y que saldrás de él renovada… Porque así ha de ser Sole… Ah!!! Y te cuento que me cagaste “Jueves”, no sabía que era tan pero tan triste… Aquí te sigo leyendo, aquí te voy a seguir leyendo… La vida es esto, nena… Y la vida sigue… Un abrazo desconocido…

  2. jules dice:

    Ni me comienzo a imaginar cómo será lo que estás pasando y nada más puedo desearte fuerza y que pase el tiempo rápido pero no mucho y que las cosas se resuelvan y resulten como tengan y que no importa lo que pase encuentres paz y tranquilidad

Y vos, ¿qué pensás?