Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

Día de la Mujer o del misterio resuelto en el 2014

Mi tía vivía y vive en Brooklyn, frente al Washington Park, muy cerca de Flatbush Ave. La visité por primera vez en 1989, cuando yo tenía 17 años. En aquella época, su barrio era casi marginal. Hoy es el destino de moda para miles y su casero está deseando que se muera para acabar con el control de renta.

Los primeros días, me enseñó a tomar el metro, me advirtió a qué hora tenía que regresar, qué tipo de gente y calles evitar, dónde podía comer, a usar las llaves de las 3 puertas, poner los picaportes y todo lo demás. Nueva York entonces era sucio y peligroso. Times Square y la calle 42 era una enorme zona roja. Varias veces vi personas muertas en la calle y a la policía en acción. En algunas aceras se veían los viales pequeños para drogas y muchas veces, las jeringas.

Todo era nuevo para mí. No era la primera vez que estaba en Estados Unidos, pero sí la primera vez que visitaba la ciudad y que viajaba sola.  Muchos mitos de aquel país lleno de gente rubia, alta, atlética, de ojos celestes y muy blancos, empezaba a descascararse ante la evidencia de la licuadora cultural que era  Nueva York.  Vi personas de todas partes del mundo. Vi, por primera vez, una persona con Sida, pidiendo limosna en la quinta avenida, son la cara ya marcada por las manchas del sarcoma de Kaposi.

También supe que aunque yo no me sentía adulta, parecía que ya tenía forma de mujer: era mentira que los piropos eran un mal latinoamericano. Los escuché muchas veces, la mayoría de ellos, curiosamente, no de latinos: de hombres de medio oriente. El día que fui a ver el edificio de Naciones Unidas, tres diplomáticos vestidos con sus batas blancas y los trapos en la cabeza,  me pararon para decirme, de forma educada y casi reverente, que si sabía que era una mujer muy bella. Yo no supe qué decirles, confundida entre el atrevimiento, el miedo y la certeza de que se estaban burlando de mí.

Por primera vez en la vida vi judíos hasídicos, de traje, sombrero y barba. Los vi saludar al árabe del supermercado, amigo de mi tía, donde íbamos de compras casi todos los días. Era una relación tirante, donde se daban la mano pero no se soltaban mientras intercambiaban lo que parecían filazos, una competencia de estiras y encojes con sonrisas forzadas y miradas de desconfianza. Cuando le pregunté a mí tía como era posible eso, solo me dijo “Negocios”. Yo no pude ver el racismo en la respuesta.

En una de las visitas de compras, conocí al dueño del supermercado. Tengo el recuerdo desde el punto de vista de un camarógrafo, como si me hubiera salido de mi cuerpo.  yo en jeans, sudadera y mi abrigo de invierno y ellos dos conversando. Mi tía en su abrigo largo y las manos en las bolsas. El desviando la mirada para verme de arriba abajo. Un hombre bajito, un poco calvo, de ojos oscuros, ojeras clásicas, cejas gruesas. Un árabe típico en una ciudad de película.

Yo no ponía atención a lo que hablaban, concentrada pensando en cómo se habría construido ese lugar, cuándo habría llegado a Estados Unidos, cómo sería el país de dónde salió y cómo habría hecho para ahorrar lo que se necesitaba para comprar un lugar como ese. Solo de vez en cuándo me llamaba la atención que él desviaba el tema para hacer preguntas específicas de mí: cuántos años tiene. De quien decís que es hija. Que hace. Hasta que lo escuché decir con su acento grueso:

–          Come on, Carmen, How much for her?

Mi tía primero se rió muy duro, como si fuera una broma. Pero él insistió. Insistió tanto, que mi tía se molestó.  O eso creí. De repente preguntó cuánto ofrecería por mí. Y él respondió. Y ella se volvió a reír.

Mi tía, tan parecida físicamente a mi Mimí. Y yo, con los ojos en el piso, aterrada. Mi tía vivía en Estados Unidos desde hacía más de 20 años para ese momento. Yo la veía una vez al año cuando venía a Costa Rica. Le tenía un cariño especial a esa mujer valiente y malhablada que se había hecho sola una vida en una ciudad lejana. Pero, a la vez, por un momento, tuve miedo que mi tía estuviera de acuerdo, de escucharla empezar a negociar. Y, una vez más, me sentí muy sola, sabiendo que alguien más tomaba decisiones por mí sin que yo pudiera hacer nada.

Mi tía mandó a comer mierda al árabe. A las recomendaciones de la ciudad, se sumó la de “No te asomés por el super”. Le dejó de hablar, no sé si por el resto de mi viaje o de por vida. Caminábamos 4 cuadras más para ir de compras. Ninguna de las dos volvió a mencionar lo que pasó y ella empezó a acompañarme en mis excursiones de la ciudad. Más de una vez le tocó escuchar los piropos respetuosos de otros árabes, a los que fulminaba con los ojos achinados del colerón- sus ojos chinos y oscuros como los de Alejandro y los míos- mientras me enseñaba a madrear en inglés latino-niuyorquino y, a la vez, me decía sin decirme que no tenía que aguantarle ni mierda a nadie, independientemente de si ofrecían camellos o mi peso en oro por mí.

P.S.: Por años me he preguntado si eso había pasado así como lo recordaba. Siempre me pareció muy extraño, hasta que ayer leí esto y supe que no me lo había imaginado.

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