Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

La última en avanzados

Mi historia deportiva es tan corriente, que hasta aburre de lo ordinario.

Que se me vieran los calzonillos al subirme a un árbol era lo de menos. Lo que pasaba es que no podía. No entendía dónde se apoyaban, cómo hacían para equilibrarse. Entonces me quedaba casi que amarrada al piso mientras mis compañeritos parecían monitos en las copas de los árboles, sus gabachas amarillas brincando de rama en rama hasta que sonaba el timbre del recreo. Lo mismo para jugar elástico, jackses, rayuela, brincar cuerda o guindarse de los tubos del pasamanos. Me estaba negado.

Educación física era esa tortura semanal, en shores azules de diolén, siempre de última cuando escogían equipos, siempre de última en cualquier deporte, siempre fallando a la bola al patearla, batearla, atraparla o dirigirla, pensándome inútil y no disléxica. Siempre con una condición física pésima.  Por suerte uno no se quedaba en esa materia, porque me hubiera arruinado el promedio.

Mi rendimiento académico siempre fue inversamente proporcional a la capacidad deportiva y me sobrecompensaba. Me tomó años aprender a dar una vuelta de carnera. No podía seguir los pasos de los aeróbicos. A pesar de la piscina en el colegio de comemierdas, yo siempre me quedaba en la parte bajita yendo de un lado a otro y me ponía a llorar si me obligaban a tirarme en lo hondo. La coordinación y yo, la velocidad y yo, estábamos en esquinas opuestas, no nos hablábamos y si nos toábamos de frente, nos volvíamos la cara.

La adolescencia de las demás fue maravillosa, porque de ellas aprendí rápido a usar la excusa de los dolores de ovario para quedarme en una esquinita, libro en mano. Contando todas las veces que no hice educación física por culpa del desarrollo, casi podría decir que pasé 7 años seguidos sangrando.

Mi propia adolescencia no lo fue tanto. La gente asume cosas cuando uno mide 1 80. “Usté con ese tamaño debe ser buenísima en basket, oiga” y lo hacen sentirse a uno un malagradecido y un desgraciado cuando una confiesa que nunca la aceptaron en el equipo y que de por sí, eso de estar sudando, gritando, rebotando y que la arañen a una toda cinco marimachas,  nunca fue lo mío.

O “¡Qué desperdicio!, ese cuerpo es apenas como para que estuviera nadando/corriendo/modelando/bailando/haciendo decatlón olímpico”. Pues no. Viera que no. Las Poll son campeonas olímpicas, en mi humilde opinión, a pesar del tamaño del cuerpo y en parte por eso las admiro, además de los huevos que tuvieron para tanta preparación y entrenamiento.  Hay unos cuerpos que son ágiles y otros, que como el mío, simplemente les da una pereza terrible el esfuerzo.  Ser alto no es garantía de ninguna cosa excepto de algo poco usual e incómodo en un país de bajitos.

De vieja, hubo un tiempo en que me torturé corriendo, cuando no era una moda. Todas las madrugadas le daba vueltas a la U o al parque chino de San Francisco de Dos Ríos. Quería creerme el cuento de sentirme como la Gacela Negra del Serengueti, pero tampoco. Nunca llegué a sentir eso que decían que se sentía rico al correr. Padezco, me temo, de una especie de anaorgasmia deportiva. Mis mecanismos de endorfinas deben estar taqueados de tantos años de huirle al ejercicio. Era una época de rosario de lesiones, dolores, jalones y esguinces. Sol y Arena cada año sin mejorar tiempos pero sin desmayarme tampoco. Carreras todos los fines de semana, donde iba a la par de la ambulancia, siempre de última, diciéndole a los cruzrojistas que no me daba la gana montarme y hasta caminar casi todo el camino, atrasando el desmontaje de la meta, para que me dieran medalla como a todo el mundo. Muchas veces soñé con escribirle a periódicos y noticieros y reclamarles la reivindicación de los que nunca llegábamos en los pimeros lugares, ni con el pelotón del promedio y siempre fuimos ignorados por los medios a pesar de nuestra evidente resistencia por esos tiempos vergonzosos. Nosotros, los últimos, éramos los que siempre estábamos más tiempo en movimiento.

El miércoles pasado, en mi clase de chapoteo, me ascendieron al grupo de avanzados “De ahora en adelante no te quiero ver más en los otros carriles. Pasás a avanzados” y me entró algo entre la alegría y la vergüenza. Nadé los últimos 25 metros después de la noticia sonriendo tanto, que se me metió agua a la boca. Avanzados… Nadar pecho es mi Stalingrado, aun no sé girar en el agua, tengo que balancearme más cuando nado mariposa con mi técnica propia, me chollo las manos nadando dorso y duro 7:20 nadando 200 metros libres sin parar, sin patas. Pero en avanzados. 35 años después de mi primera exposición pública al ejercicio organizado en el kinder, por primera vez en la vida, en algo estrictamente físico y deportivo, estoy en la categoría de avanzado.

Primero pensé que podría tratarse de algo de mercadeo. Después de todo, debe ser terrible tener alumnos que lleven un año casi completo en la categoría de tuercas, aunque sea la triple A. Algunos tal vez se decepcionan del poco avance. Pero luego razoné que aun a pesar mío y todo lo que falta por aprender a hacer, ya puedo nadar 200 metros. Ya sé qué me gusta, qué hago mejor, qué es lo mío. A veces hasta me sorprendo cogiendo ritmo para nadar, controlando la mente para que controle el cuerpo. O sea he mejorado. Y si es mercadeo, lo hacen muy bien porque no les puedo explicar la contentera que siento.

Estoy en avanzados y me siento como si me hubieran convocado al equipo olímpico de natación gringo y yo hubiera aceptado, muy humilde, como si fuera un honor inmerecido aunque el público me aclame. Sigo siendo la más lenta del grupo, la última, la de adecuación curricular, pero en el grupo de avanzados. Hasta acaricio de nuevo la fantasía tonta de un día ir a un torneo. Dice mi profe que “Hay que irla poco a poco incorporando” A mí.  Incorporarme al grupo de avanzados.

Le cuento además a todo el mundo. Hoy almorcé con mi amiga Satia, que siempre tiene este porte perfecto de la que es siempre una reina y fue bailarina y por supuesto le conté de la noticia, que sorprende por improbable, en un caso rudo como el mío. Yo sé que ella me entiende, porque me dijo “Mae, a vos te pasan las mías. Sos de una mulez tozuda. Puede ser que no seas muy hábil, como me pasaba a mí en danza, pero insistís, insistís, insistís hasta que te sale”

Mis profes de chapoteo no tienen conciencia de lo que han hecho. Del imposible que quebraron. De la paradoja rota. De la quema pública de la sentencia auto cumplidora. Han creado un mostro… acuático. Eso sí- no sé si ya lo comenté-  en la categoría de avanzados.

 

pool

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5 gotas de lluvia en “La última en avanzados”

  1. Amalia dice:

    Felicidades! Ahora es de esas que haceb un 300 para calentar.

  2. itzpapalotl dice:

    Felicidades! De una chiquita sentada en la banca a la otra 😉

  3. solentiname dice:

    Amalia: desde siempre me ha tocado 300 de calentar. Ahora paso a ser de 400 a 600 de calentar 🙂

    Itz: awwww… yo sé que vos entendés <3

  4. Caro dice:

    ¡Qué éxito! (también padezco de anorgasmia deportiva. ¿Podré curarme?)

  5. Flor dice:

    Me encanta leer tus anécdotas. Adelante, ni un nado atrás…

Y vos, ¿qué pensás?