Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

Martita

Me faltan pedazos grandes de la historia.

Los papás de Martita vivían a un costado de la Iglesia La Merced, en una casota, en aquella época. La mamá estudió para enfermera, pero no ejerció nunca. Era muy blanca, menudita, de ojos profundamente verdes. Por eso nunca le creí cuando contaba que había sido la inspiración de “Amor de Temporada”. No pudo tener hijos y no sé donde encontraron a Martita, pero la adoptaron. Desde muy pequeña tenía ese carácter ruisueño y querendón. Siempre redondita, rellenita.

“- Nos conocemos desde los cinco años. Yo vivía en la casa de la esquina, y nos hablábamos detrás de la puerta, yo afuera. No me dejaban entrar a la casa de Marta porque en mi casa éramos muchos chiquillos y pobres. Fuimos nosotras las que nos hicimos amigas. Marta nunca se llevó bien con mis hermanas.” La señora con la que conversa le confirma que sí, que ahí eran muy clasistas. Yo me las imagino con los lazos de cintas en el pelo, a Ella con el vestidito de manta con los bordados que le hacía mi otra abuela.

Una de las empleadas de la casa, una muchacha sencilla de cualquier lugar rural, un día se dio cuenta que estaba embarazada. No quería volver a su pueblo con el bebé en los brazos. Se los regaló a los papás de Marta. Rocío creció los primeros años con sus dos mamás. La que la había parido, que siguió siendo su empleada hasta que murió. La que la había recibido, que nunca le dijo la verdad y le dio vida de princesa. Los clichés son verdades absolutas que nadie respeta: la vida supera a la ficción.

Marta creció para ser una mujer francamente obesa. Lo que la hizo gordita la hizo también calva. Ella , de cada viaje, siempre le traía una peluca. Tenía plata, por casas de alquiler que le heredaron y lo gastaba sin remordimientos. La despilfarraba. A Marta la amaron hombres fascinados por su cuerpo, así, ancha o tal vez por la plata. Había uno, Hugo, que era taxista. Ninguno se quedó para siempre. Uno le dio un hijo. Para que Fabio no creciera solo, Marta adoptó a un niño: David.

“Marta nunca le dio cariño a David. Sus ojos eran Fabio, ella vivía para él. La diferencia era notoria incluso para usted, chiquita, que pasaba preguntando porqué Marta trataba tan mal a David. Todo lo mejor siempre fue para Fabio. Marta y David pelaron toda vida. Pero ahora, al final, yo un día vi a Marta abrazar a David y pedirle perdón y agradecerle eso, la forma terca en que él siempre la había querido. David fue el que terminó viendo por ella.”

Martita vio morir a un hijo dos veces. La primera vez, cuando Fabio le dijo que sí, que era homosexual y que pensaba vivirlo. Educada a la antigua, Martita no supo qué hacer, excepto ocultarlo y tal vez contarle a Ella entre susurros y lagrimitas. La segunda, el fin de semana hace 16 años, cuando Luis llamó desde Limón, atacado llorando, para decir que Fabio acababa de morir ahogado.

“Luis sabe mucho de cuidados paliativos. Y ha estado viniéndola a ver, inyectándola. Anoche él dijo que ella ya estaba en agonía y le dio un coctel y dijo que ya no abriría más los ojos. Duró como cinco horas más. David le decía que se fuera tranquila, que aquí estaba Fabio, para llevarla con él”

Cuando Alejandro se fue a estudiar a Europa, nosotras dos, Ella y yo, nos fuimos a vivir a la casa de Martita. Nuestro cuarto estaba decorado con Topo Gigios y mariposas. Su familia fue la mía. No sé porqué nos fuimos a vivir con Marta y no con Mimí. O porqué no nos quedamos solas. Tal vez nos íbamos donde Martita cuando discutían. Tal vez nos fuimos donde Martita cuando alguna vez que, aunque nadie me lo diga, Alejandro nos abandonó.

“Yo les dije a todos en la casa, pero nadie quiere ir. Usted tiene que ir conmigo. Le debemos mucho a Marta. Ella me la cuidó muchas veces, cuando yo tenía que ir a trabajar. Marta es su madrina. Tenemos que ir. Le debemos mucho, mucho a Marta”.

Hoy fue el funeral de Martita.

Cuando llegué, Rocío me abrazó desesperada. Habían sido 15 años sin verla. David tiene una compañera desde hace seis años. Hubiera querido contarle lo que recuerdo de David de niño, su dulzura, su cariño, su inocencia. Agradecerle que lo quisiera y por tanto tiempo. Pedirle que lo siga queriendo.

Rocío no era hermana de Marta. David tampoco es su hijo. Marta no era nada de ellos. El agua es mucho más espesa que la sangre y entre ellos, se compartieron muchas lágrimas.

El cura habló fue poco convincente con eso de la muerte como una celebración. Se dio cuenta y reconoció que hasta Jesús lloró cuando murió su amigo Lázaro. La misa terminó rápido, cerrando con una canción ranchera con todo y trompeta, que hablaba de redención y cielos, desgarrándose a poquitos con ese ritmo de cantina y dolor.

Ella, a pesar del impacto, no pierde la oportunidad de herirme. En el cementerio, mientras cierran la tumba, le cuenta a cualquiera:

Es muy duro este momento, cuando están cerrando. Cuando murió Alejandro, al día siguiente vine yo, con la mamá y una sobrina de él. Encontramos la tumba llena de bichos, caminando alrededor de dónde habían cerrdado. Había quedado un hueco y entraban y salían los bichos. Se lo estaban comiendo”.

Y yo, que había prometido ser fuerte, traté de contener el vómito, el grito. La dejé sola y me fui caminando por un caminito. Me recosté en cualquier tumba mientras me pasaba el mareo.

Vi a Marta en la caja, sin querer. El cáncer la dejó, por primera vez en la vida, delgada. A su lado colocaron los huesos de Mami Florita, de su papá, de su hijo. No la reconocí, pero le agradecí por todo, desde adentro. A Martita. A mi tía Marta, que se une a la lista de todos mis muertos: Mimí, Alejandro, mi hermano…

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2 gotas de lluvia en “Martita”

  1. tetrabrik dice:

    la primera frase es ya un gol de chilena, al ángulo.

  2. Julia Ardón dice:

    Cuántas Martas anónimas, regalando sus vidas…

    Hay gente que da tanto, y otra que drena tanto…

    Un abrazo.

Y vos, ¿qué pensás?