Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

Paradero Cementerios

Cuando uno ha crecido con parientes cercanos muertos, ir al cementerio es parte de la rutina semanal. Hablarle a una tumba no tiene nada de particular, y cumplir con esos rituales de limpieza, poner flores, arregla y contemplar el lugar, tampoco. Uno se siente poseedor de cierto conocimiento y soltura del que carecen todos aquellos que se sienten incómodos al caminar por las calles del cementerio, temerosos de despertar a alguien o toparse, de repente con algún fantasma.

El cementerio de Santiago es gigante. Un pequeño barrio encerrado por muros altos, con calles y avenidas, con mapas. Y ese día hacía calor. No calor seco del verano del sur. Hacía calor húmedo y tropical. Era de esos días que, como dicen los chilenos, caían patos asados al piso. Yo me sentía como en mi charco.

La línea amarilla del metro nos deja en la puerta. Y en la puerta, el Antídoto me detiene antes de que yo embista por las calles directo a la tumba del Chicho. Su sugerencia impide mi reclamo “Compremos flores. Claveles rojos”.

Caminamos las calles calladas y vacías del cementerio. A punto de darnos por vencidos, unos jardineros, al ver mi camiseta negra con la foto de Allende, nos llevan casi de la mano al mausoleo. Su emoción, su deseo de ayudar, su agradecimiento, me hace pensar que el Chicho dejó la huella justo en las personas más pobres, más necesitadas, más sencillas de su país. Y me reconforta pensar que aun lo recuerdan, lo piensan con cariño, y hablan de él como el Compañero Presidente.

No podemos decirnos nada cuando estamos frente a su tumba. Solo nos tomamos de las manos fuerte fuerte. Siempre hay flores frescas. Siempre. Yo separo unos claveles para la tumba de Víctor. Y ponemos una banderita de Costa Rica con un pedestal de madera. No estoy muy clara de porqué. Tal vez para que el compañero Presidente sepa que hay gente que lo recuerda por aquí, que lo piensa y que lo sigue admirando y queriendo, que hay una segunda generación, los hijos de la gente que se salvó, como el Antídoto. Tal vez para recordar a los cinco mil chilenos que llegaron a Costa Rica, exiliados. Por don Joaquín Gutiérrez, por Marcelo Gaete, por tanta gente. Tal vez por eso.

Suena mi celular con roaming y me arrepiento de la tecnología. Tengo que atender quejas de secretarias, cuentos de asistentes y posiciones de acusetas.

Seguimos hasta una de las calles de atrás, al nicho donde está enterrado Víctor Jara. Para llegar hasta allá, hay que cruzar el infame patio 29, donde fueron a parar muchos detenidos desaparecidos, sin identificación alguna. Muchas veces en pedazos. El patio es un sitio de recordación, con sus cientos de cruces negras y corroídas, con la tierra vuelta, sin flores, sin nada. Una yerma. Un rótulo advierte que se transita por un lugar de violación de derechos humanos. De los culpables y de su impunidad, omite mencionar algo.

Al lado del patio 29, las tumbas más modestas, parecen un pueblo pequeño. Llenas de adornos, toldos enanos, luces y flores de plástico. En algunos hay muñecas, pequeñas capillitas, escudos de los equipos de futbol, cartas, candelas.

Al fondo, está Víctor. Alguien puso una banca frente a su tumba, y la tumba la pintaron de rojo. Hay una manta enorme con Víctor sonriendo, abrazado a su guitarra. Hay grafitis por todas partes. Un árbol enorme. Aquí también dejamos una banderita del país que visitaba para cantarle a los estudiantes universitarios y a los peones bananeros.

Ese día tuvimos que hacer muchas diligencias por todo Santiago. Yo insistí en caminar con mi polera irreverente. La gente por la calle no podía evitar quedarse viendo. Algunos me hacían mala cara. Otros, muy bajito, se me acercaban para decirme “Linda polera”. Otros fingían no verme, pero cuando ya iban unos pasos más allá, gritaban vivas a Allende, a todo grito. Yo iba preparada para sacar pecho y gritar a lo pachuco un provocativo “QUES?” al primero que me dijera algo y esconderme después detrás del Antídoto.

Intenté entrar al Club Unión de Santiago, a buscar una estatua muy antigua. El portero casi le da un síncope cuando vio mi camiseta y me seguía de lado a lado de la ancha puerta, sin quitarme los ojos del pecho, para impedirme entrar. No hubo caso. No pude pasar del foyer. Pero vi bastante como para decir que el Club de aquí no pasa de ser un tugurio.

Debí haber hecho un estudio sociológico de la experiencia. Por primera vez me sentí observada, vi odios, sorpresas, molestias, emociones. Por momentos quise irme a cambiar. Por momentos me arrepentí de andarme metiendo en lo que aunque me importa, no es mi asunto. Por momentos me dolía eso, las sensaciones. Por momentos no sabía si llorar o enojarme o resignarme a que todo había pasado hace demasiados años.

La respuesta me la dio uno de los miles de frases pintadas en las calles de Santiago:

“El 11 no se llora. Se lucha”

Todavía creo que Venceremos.

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5 gotas de lluvia en “Paradero Cementerios”

  1. ilana dice:

    Sole,
    creo que no son demasiados años… nunca serán…si hacemos presentes los mismos ideales por los cuales lucharon Chicho y Víctor y tantos y tantas más sin nombre para el mundo pero sí para sus familias y para sí… sin embargo creo que el llorar y el luchar y el amar todos se hacen también cantando, sí venceremos, ahí estoy con vos.

  2. Humo en tus ojos dice:

    Sole yo pienso que si una mujer como vos se pone una camiseta, es por algo, porque si te importa y si lo has ido haciendo tu asunto; y tu lucha.

  3. Sirena dice:

    No me hubiera imaginado eso nunca, las reacciones. De pronto me dan ganas de repetir tu experiencia un día, aunque tal vez tenga menos derecho que vos… en fin… gracias por llevarme al cementerio a ver las tumbas de ellos.

  4. Buitre Desahuciado dice:

    Sole, si de algo sirve, me siento orgulloso de lo que hiciste.

    Sos una valiente que no deja de luchar.

  5. Julia Ardón dice:

    Nudo en la garganta.

Y vos, ¿qué pensás?