Mayo 18, 2010
Sus manos
Déjeme decirle que sus manos son espantosas. Yo me fijo, sabe? Me fijo porque la primera vez que me enamoré de un hombre yo tenía 16 años y empezaba la U y él tenía 17 y yo no podía dejar de verle aquellas manos de hombre-piano, de dedos largos, estilizados, de revés moreno, de pelitos por aquí y por allá, negros. De manos que bien podrían haber sido hermosas aunque no estuvieran pegadas a ese cuerpo. Aunque él, de 17, se comiera las uñas y se las lastimara cada fin de semana cuando se iba a que el viento lo elevara en la superficie de un lago y jalaba cuerdas hasta que le sangraban, sus manos que sonaban como una polonesa.
Tenía unas manos hipnóticas y yo se las veía y quería tocarlas con las mías que se parecían tanto, en lo largas, pero no en lo fuertes. Yo nunca me he comido las uñas, pero sí se me ensucian muy fácilmente. Si como meneitos cogen ese color naranja fosforescente que no se me quita ni aunque me lave las manos. Y es común verme en las mañana, revisándomelas porque siempre, en lugar de esa línea elegante del manicure francés, tengo la línea gris-negruzca de mugre. Mi tío Adolfo siempre me lo echaba en cara y me decía que ni él, que trabajaba en una finca, andaba nunca las uñas tan tierrosas como las mías. Mis uñas siempre están sucias. Lo que es mentira es que mi tío Adolfo haya trabajado nunca. Menos en algo honesto como una finca.
Déjeme decirle que sus manos son espantosas. Yo me fijo, sabe? Me fijo porque la primera vez que me enamoré de un hombre yo tenía 16 años y empezaba la U y él tenía 17 y yo no podía dejar de verle aquellas manos de hombre-piano, de dedos largos, estilizados, de revés moreno, de pelitos por aquí y por allá, negros. De manos que bien podrían haber sido hermosas aunque no estuvieran pegadas a ese cuerpo. Aunque él, de 17, se comiera las uñas y se las lastimara cada fin de semana cuando se iba a que el viento lo elevara en la superficie de un lago y jalaba cuerdas hasta que le sangraban, sus manos que sonaban como una polonesa.
Tenía unas manos hipnóticas y yo se las veía y quería tocarlas con las mías que se parecían tanto, en lo largas, pero no en lo fuertes. Yo nunca me he comido las uñas, pero sí se me ensucian muy fácilmente. Si como meneitos cogen ese color naranja fosforescente que no se me quita ni aunque me lave las manos. Y es común verme en las mañana, revisándomelas porque siempre, en lugar de esa línea elegante del manicure francés, tengo la línea gris-negruzca de mugre. Mi tío Adolfo siempre me lo echaba en cara y me decía que ni él, que trabajaba en una finca, andaba nunca las uñas tan tierrosas como las mías. Mis uñas siempre están sucias. Lo que es mentira es que mi tío Adolfo haya trabajado nunca. Menos en algo honesto como una finca.


1. náhuatl. Lugar de hospedaje. 2. "(...) un tema que la gente de Solentiname trataba como si hablaran de ellos mismos, de la amenaza de que les cayeran en la noche o en pleno día, esa vida en permanente incertidumbre de las islas y de la tierra firme y de toda Nicaragua y no solamente de toda Nicaragua sino de casi toda América Latina, vida rodeada de miedo y de muerte, vida de Guatemala y vida de El Salvador, vida de la Argentina y de Bolivia, vida de Chile y de Santo Domingo, vida del Paraguay, vida de Brasil y de Colombia", Julio Cortázar.