Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

 

Enero 9, 2010

Del amor y otros demonios

Hace unos seis años, mi jefe me preguntó si yo había leído a García Márquez y quiso saber exactamente qué. Cuando le dije que todo, me preguntó si me gustaba esa cosa del cine latinoamericano. Le dije que sí. Entonces repasó con los ojos mi micro oficina, donde estaba una foto del Che y otra de Fidel, en marcos de fotos, fotos mías en Cuba y en Chile y en la grabadora, siempre prendida, Víctor Jara. Y me dijo “Hoy tenemos una reunión de un proyecto que es apenas para vos, así, chancletudo”

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Enero 5, 2010

Sigue Sole con calentura…

Sí, y qué? No puedo evitarlo. Cada vez que veo a una de esas doñitas diciendo que Sandro fue “como ser humano, lo máximo; como persona, aun mejor y como cantante, no tengo palabras” yo me siento plenamente identificada y con derecho visceral a que alguien me de un pésame, por lo menos, mientras me veo en el centro del ridículo por dolerme hasta las lágrimas, como una adolescente alocada y enamoradiza, la muerte de un cantante y tratando de explicarle a una bola de pelotudos insensibles porque hoy andaba yo con la cresta caída, de luto y receté a Sandro, en sus diferentes versiones, a toda chancleta, todo el día (gentil cortesía de You tube). Y nadie respetó mi duelo. Más de un imprudente hasta se atrevió a bromear con el asunto.

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Enero 4, 2010

Chau, capo

Grande, Sandro de América. Enorme.

Chau Gitano. Chau. Gracias por todo.

Besos.

Y nada… qué cuednoz hago con el agujedito que ziento adentro mio cuando no eztaz?

Enero 4, 2010

Despecho- versión a los 13 años y 1.57 centímetros

Betito entra a la sala llena de familiares, amigos, hermanos, amigos de los amigos, invitados, primos y colados que disfrutan de la mega casa de lujo alquilada en una de esas playas exclusivas del nuevo pacífico norte, jugando con el wii en lugar de con las olas, tomando guaro hasta intoxicarse, regando salsa chunky en la alfrombra persa de la casa alquilada, a punta de pantas y chanclas,  durmiendo en colchonetas y sleepings sobre cada centímetro disponible del piso. La clase alta demeustra que  también sabe lo que es una ocupación precaria.

Se desploma en un sillón inflable y porque tiene confianza con la familia, se queja con el tumulto de lo torcido de su suerte de fin de año:

“Esa roca es una zorra. Ya se hechó a seis y yo fui el primero”

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Enero 1, 2010

Víctor Olmedo

Víctor Olmedo nunca se había interesado en las cosas de la política. Ni para un lado ni para el otro. Era un gallo tranquilo, dedicado a lo suyo, hasta que ganó la Unidad Popular. Entonces descubrió que daría hasta la vida por el sueño de la revolución de la empanada y el vino tinto, porque cada guagüita recibiera su litro de leche diario, por salarios justos para mineros y pescadores, por una sociedad más solidaria.

Víctor Olmedo fue reclutado para la GAP, la guardia personal del Chicho, sus guardaespaldas, los hombres que lo defenderían hasta el final, los únicos que, cuando llegó el final, le demostraron que sabían ser leales.

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Diciembre 31, 2009

Con el sabor único de la Billo’s Caracas Boys…

(Que, de paso, era la orquesta favorita de Alejandro)

Diciembre 28, 2009

Las últimas hojas del almanaque

Es una lástima que el Parque Nacional del Volcán Poás cierre a las 3:30. En estos días de verano ventoso, el atardecer, desde el volcán, debe ser algo impresionante. Sobre todo si tiene uno esa suerte mítica de un día despejado. Dicen los que lo han visto, que se ven ambas costas. Se verá así, simultáneamente, del Atlántico iluminándose de estrellas y el Pacífico incendíandose de atardeceres? Nosotros llegamos a las 3:22. Así que nos devolvimos antes de que nos devolvieran en la boletería.

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Diciembre 25, 2009

Navidad, es Navidad… toda la tierra se alegra

Diciembre 22, 2009

El lugar a donde asustan

El mío es un edficio, ya un poco viejo, que queda en el centro de San José, frente a uno de sus parques. Prácticamente cada domingo me llevaban a uno de los apartamentos, en el quinto piso. Desde la ventana podía ver a Rigo, que era un borrachito porque todavía no se conocía en Costa Rica el concepto de homeless o indigentes. Y eso que era 1980 y ya el dólar había dejado de valer 8,60. Las crisis de antes eran diferentes, supongo. Rigo se sentaba en una banca a tomar. Y a la par, su zaguatito: Comecuandohay.

Yo tengo pesadillas con ese edificio y específicamente con sus ascensores. Son pesadillas recurrentes, en las que me monto al ascensor y nunca llega a mi piso. Sube y baja sin control, a veces en horizontal, a veces en curvas. Y yo siempre con aquel terror, aquel sudor frío, aquella sensación de estar en un elevador que no me quiere dejar escapar. Y el terror de volver al quinto piso, de dónde no sé cómo logré huir y dónde me están buscando a gritos rabiosos y a dónde no quiero volver.

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Diciembre 18, 2009

Musaraña-me o de la importancia de llamarse Fofito

Nota de Sole: Este texto apareció publicado en la segunda edición de la revista Musaraña, por gentil invitación de los editores. En la revista se ve mucho mejor que aquí, porque tiene un diseño, ilustración y diagramación de Daniel Ortuño que le da sentido a todo el texto. Somos el centerfold, pero estamos rodeados de cosas buenísimas en todas las otras páginas. La recomiendo

No sé si a las demás les pasaba lo mismo que a mí. Mi primer recuerdo de estarme bañando, es acompañada. Ella me supervisaba, desde el otro lado de la cortina, para verificar que yo lavara bien cada rincón de lo que uno podría lavar cuando tiene años. El brazo, examinado con atención para vigilar que no quedara ningún pedacito de piel sin enjabonar. La pierna, lo mismo, desde la cintura hasta el dedo gordo. La pancita igual. La cabeza y la espalda, por obvios impedimentos físicos, eran verificados por ella. Y así con todo, excepto con el Fofito.

A la indicación de “Falta el Fofito”, ella cerraba la cortina y me daba los únicos 15 segundos de privacidad absoluta que había que dedicar al Fofito, con una mano rapidísima, un poco de agua y listo. Para lavar el Fofito, además, uno volvía a ver para arriba.

El Fofito encerraba todo un secreto. Yo tenía fofito. Ella, fofó. A veces, cuando se sentía atrevida y traviesa, Ella le decía “Foquis”, una palabra corriente, callejera, más propia del arrabal de una cantina o de una cabaretera, pero no para mí que me estaba bañando. Y me angustiaba.

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